Esa maravilla llamada cerebro

Comparto un artículo publicado hace dos años (pero de actualidad) por el periódico argentino La Nación, de uno de los periodistas más lúcidos y que más me han influido en mi relación con la escritura, el periodismo y la literatura: Mariano Grondona.

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El último libro del neurólogo Facundo Manes,Usar el cerebro para vivir mejor, es una introducción práctica para usar mejor nuestro cerebro en las cambiantes circunstancias de la vida. Así enunciada, con tal modestia, se parece engañosamente a tantos otros manuales que nos rodean para enseñarnos a utilizar de una manera más eficaz utensilios cotidianos como las bicicletas, los cepillos de dientes o los automóviles. Pero no hay tal. A la inversa del automóvil, los cepillos de dientes y la bicicleta, el cerebro nos constituye; somos nosotros.

He aquí algunas frases del propio Manes para confirmar estas impresiones que surgen de su libro: “El cerebro es la estructura más compleja del universo”; “contiene más neuronas que las estrellas existentes en la galaxia”; “si nos hicieran un trasplante de riñón o de pulmón, seguiríamos siendo nosotros mismos, pero si nos cambiaran el cerebro, nos convertiríamos en personas distintas”.

Cada una de los 7000 millones de personas que poblamos la Tierra contiene por lo visto una estructura más compleja que las galaxias y esta asombrosa estructura palpita, además, en nuestro interior. Lo que más sorprende todavía es que prácticamente la hayamos ignorado hasta hoy a lo largo de la historia. ¡Éramos millonarios en neuronas y no lo sabíamos! La neurociencia, que es la disciplina que estudia el cerebro, aún está en pañales.

No bien nos asomamos a esa maravilla que es nuestro cerebro, empezamos a recorrer tentativamente sus interminables laberintos. Y es entonces cuando sus inmensas posibilidades nos asaltan. Podríamos definir el hombre, así, como el portador de formidables potencias que lo exceden. Una pregunta, a partir de aquí, nos espolea: si enmendáramos estas limitaciones, ¿hasta dónde podríamos llegar? Hemos pasado siglos y milenios combatiendo entre nosotros mismos por un pedazo de tierra o por un trozo de pan, pero ¿qué habría ocurrido si en lugar de este inmenso despilfarro hubiéramos trabajado en red, unos en favor de otros, sumando y multiplicando en vez de dividir y de restar? Si la cooperación hubiera derrotado a la confrontación, ¿dónde estaríamos ahora? ¿Hasta dónde seríamos capaces de atrevernos si no nos hubiéramos frenado a nosotros mismos, si el hombre no hubiera sido el principal enemigo del hombre? Una pregunta aún más urgente se nos hace presente: ¿estaremos a tiempo de corregirnos?

Desde las más antiguas civilizaciones los seres humanos siempre han sospechado que había algo excelso en ellos mismos; que al lado de sus miserias acechaba la grandeza. Al cerebro, cuyo estudio hoy nos ocupa, antes lo llamábamos “alma”. ¿Eran utopías? ¿Eran ensoñaciones? ¿Qué decir entonces de todas nuestras leyendas? ¿Fueron simplemente mitos que nos entretenían, que nos engañaban? ¿O teníamos la sospecha de que había algo divino allí adentro? Alguna vez el propio Emanuel Kant dijo que lo admiraban dos cosas, el cielo estrellado por encima de nosotros y la ley moral dentro de nosotros. El dicho de Hamlet según el cual hay más cosas en el cielo y en la tierra que aquellas en las que sueña la filosofía, ¿tiene aún algún sentido? Cuando San Agustín se pregunta en sus conmovedoras Confesiones si nos hiciste para Ti y si podríamos vivir sin Ti, ¿esta antigua pregunta es sólo un giro retórico para el hombre actual o se comunica todavía con su ser profundo?

Hay dos versiones sobre la sabiduría de los antiguos a la luz de la ciencia moderna. Una de ellas conecta con las antiguas creencias y las antiguas religiones. ¿Nos dejan todavía algún legado o sólo se han transformado en mitos y leyendas? Los estudios de la neurociencia, ¿han venido a refutarlos o los dejan de lado, como si pertenecieran a un capítulo aparte del saber humano? En su incitante ensayo, Manes evita cuidadosamente pronunciarse sobre esta espinosa cuestión. ¿Qué hay verdaderamente detrás de ella? ¿Puede haber, en el fondo, un “no pronunciamiento”, para dejar intactas las raíces extracientíficas del problema?

Podríamos explorar diversos caminos. Uno sería mantener dos rutas independientes entre ellas. Por la primera discurriría, cautelosa y paso a paso, la ciencia. Por la segunda andarían, en tumulto, desde la poesía hasta la mística y la religión. Cada una por su propio andarivel. Este camino salvaría el pluralismo a costa de la unidad del saber. En la ciencia se unirían sus versiones, a costa de otros saberes no científicos pero no necesariamente inferiores.

Como lo muestra el libro de Manes, la ciencia ayuda, pero no anula las distinciones. ¿Dónde alojaríamos en tal caso a los otros aportes? Si creyéramos que todo se agota en el análisis científico de los problemas, nos quedaríamos cortos. La vida afortunadamente es abundante. Quizá podríamos exclamar con Nietzsche “¿Esto era la vida? ¡Pues que venga otra vez!”.

Por Mariano Grondona

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