Cuarta carta de agosto

Estos días de desconexión tienen que ver con escapar a la rutina. Conducir. Visitar amigos. Recorrer pequeños lugares ocultos. El mar. Un amanecer. Un atardecer. Una copa de vino o una cerveza. Una comida; la que sea, muy simple. Los pies en la arena. Sentir el calor del sol. Observar (e imaginar) más allá del horizonte en el que esa línea mágica separa la amplitud del océano y el cielo azul imponente y soñador. Todas las pequeñas cosas de la vida, las que realmente alimentan el alma, son gratis; no cuestan nada más que desconectar de la rutina y dejarse sentir.

Por misteriosas circunstancias de la mente, la inmensa mayoría de las personas están llenas de miedos (no hablo del miedo a la supervivencia). Somos nuestro propio enemigo. Una persona que conocí hace un par de años y que, más allá de idas y vueltas, la vida no quiso (o no quiere) que podamos consolidar una (estoy seguro) magnífica amistad, se mostraba pletórica en el lenguaje que más le gustaba transmitir. Yo, he de reconocer, no pasaba un momento equilibrado y había incompatibilidad de necesidades que no permitían fluir un buen vínculo. La música, la literatura eran vehículos de comunicación estimulantes. Pero cuando se quiere profundizar en temas complejos de la propia vida y experiencia, aparece un muro… El miedo de la mente. La mente como arma contra uno mismo.

A diario observamos niños (y adultos) que se juegan la vida atravesando un desierto, pagando a mafias, cruzar el mar y, si sobreviven, llegar a la tierra prometida; se llame España, Italia o Grecia. Sea por el Mediterráneo o por los viejos países soviéticos para entrar en el paraíso con nombre de Europa. A diario observamos atentados terroristas; tan cerca, tan lejos. Lo cercano encoge el corazón. Irak nos queda muy lejos. A diario observamos, en nuestra ciudad, gente mal viviendo debajo de un puente. Gente que pasea por los centros comerciales viviendo una vida superflua y llena de tecnológica felicidad.

Cada uno decide cómo vivir. No cómo mejor puede o una larga lista de excusas que escucho a diario. Cada uno decide cómo vivir.

Pero, ¿no es que estas cartas de agosto iban a hacer distendidas y de desconexión mental? Sí, lo son. Sólo que esta propuesta quiere que no lleguemos a tener una enfermedad terminal o pasar por un drama para comprender que la actitud con la que uno decide vivir su vida, marcará la “calidad de vida” que tengamos. Tarea nada fácil pero si no empiezas algún día, tarde o temprano, la vida nos muestra sus cartas y no vale decir aquello de que injusta que ha sido conmigo. Tú eliges la actitud con la que vivir la vida y si no sabes cómo, te invito a que vayas a un hospital de niños con cáncer. Así de duro, así de simple. Ellos, mientras luchan por su vida, sonríen y te llenan de vida. Que nos pasa que de adultos, estamos (“en el primer mundo”) con cara de cabreados todo el tiempo.

La realidad es cómo tú la percibes… Tu actitud hará el resto. ¿Y si eliges la actitud de agradecer y querer vivir? El resto… el resto son excusas que te pones a diario. No siempre hay que pensar tanto las cosas. Pasar a la acción tiene su riesgo, sí; ¡¡¡pero también tiene grandes recompensas!!!

Sebas Morelli Jaimez

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