Séptima carta de agosto

Barcelona y Cambrils. Centros del último atentado terrorista. Muertos y heridos. España en la mira. Europa en la mira. Políticos burócratas y miserables. Hombres y mujeres con vocación de servicio. Héroes anónimos. Las redes sociales que quieren decir mucho y no dicen nada. Patio de colegio revuelto. Informaciones sin contrastar. Vídeos y fotos que retratan cómo vivimos. Seguimos sin comprender lo que está ocurriendo…

No se trata condenar estados europeos (por no salir de nuestro entorno; en el que nos están matando) que miran para otro lado cuando a la hora de hacer negocios se trata; eso ya lo sabemos. Se trata de nosotros. La sociedad toda. ¿Qué ocurre después de cándidas velas, ingenuos ositos de peluche, cartas de apoyo y silencios de un momento que es ahora pero que puede ser eterno en un futuro próximo? Nuestro grito de guerra es “no tenemos miedo”; el de ellos, sembrar el terror. El nuestro, idealismo. El de ellos, acción; la más tenebrosa acción.

Fin de la edad de la inocencia. Bienvenidos a la era de la madurez. Si queremos defender nuestra libertad, los valores de una Europa que enseñó el camino de la convivencia, hay que dar más pasos. De alguna forma estamos en guerra. La realidad objetiva es que nos están matando. Todos tenemos algún amigo o conocido que ha muerto en alguno de los atentados que venimos sufriendo en la última década. Conocí a una persona, compañero de trabajo, que fue asesinado en uno de los trenes del atentado en Madrid el jueves 11 de marzo de 2004.

Pero no todo el mundo quiere madurar… la vida misma. Si en tu vida personal no tomas decisiones esperando que las “heridas” curen solas, alguien tomará la decisión por ti. Lo mismo nos ocurre como sociedad. Esperamos que alguien nos soluciones los problemas. Pero no exigimos como deberíamos: pasando a la acción. En este caso, saliendo a la calle, una y otra vez, para que burócratas que tienen que “cuidar” un status quo de dimensiones monstruosas, tomen las decisiones que hay que tomar.

En el año 49 antes de Cristo, Julio César llegó a orillas del río Rubicón, que hacía de frontera entre la Galia Cisalpina y las provincias romanas, y, si bien tenía prohibido cruzarlo para llegar a Roma, hacerlo implicaba ir en contra de la República. Fueron momentos de dudas. La concesión de poderes excepcionales a Pompeyo o el camino hacia una segunda guerra civil de la República Romana. La frase, “la suerte está echada” pasó a la historia (como también “Cruzar el Rubicón“) que expresaba el acontecimiento de lanzarse a una empresa de consecuencias arriesgadas. Julio César despejó dudas y pasó a la acción.

¿Están quiénes deben garantizar nuestra seguridad (y no hablo de los cuerpos de seguridad del estado que se juegan la vida en las calles) a la altura de los acontecimientos? ¿Estamos, como sociedad, exigiendo responsabilidades y acciones concretas? Los tiempos (hace tiempo) están cambiando. No creo que se esté haciendo una lectura correcta de la situación y hacer algo distinto. Sí creo que si no se toman medidas rápidas y constantes en el tiempo es porque, como muchas veces suele ocurrir, hay una parte (grande) de la historia que nunca conoceremos. Hasta un próximo atentado… hasta volver a contar víctimas y heridos y familias desgarradas.

Sebas Morelli Jaimez

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