Somos levedad

Antonino tiene 83 años. Poco levanta la mirada pero cuando lo hace, sus ojos azules deslumbran ternura posando su vista en ningún lugar. Se pone de pie, observa a su alrededor y se rasca, suavemente, la cabeza llena de blancas canas. Su delgado físico para inadvertido para todo el mundo. A lo largo de tres horas, repetirá su rutinario movimiento unas cinco o seis veces. En un par de ellas, camina hacia la puerta de entrada de la cafetería y observa hacia afuera. Contempla a un infinito de pensamientos desconocidos para él. Vuelve a la mesa y se sienta. Su cuaderno de hojas cuadriculadas está lleno de dibujos coloreados con crayones de un sinfín de colores. Con la delicadeza de sus manos ásperas pinta, con disciplina, como si el tiempo no pasara. Lo hará abstraído. Su mundo es suficiente.

Micaela bebe su agua, mientras yo estiro mi café americano. La conocí en una sesión de coaching y, su taller de risoterapia, no me dejó indiferente ante mi inicial actitud escéptica. Hacía dos años que no nos veíamos y la necesidad de profundizar, aún más, en mi mente vertiginosa, pedía a gritos su ayuda. Ella, sagas e inteligente, llevó la conversación por los derroteros de dos personas que se encuentran para un intercambio intelectual cada vez más escaso. Cuando tienes delante a alguien que te reta, las neuronas festejan mientras musculan un futuro prometedor y multiplicador de nuevas ideas.

Antonino seguía pintando ante el atento cuidado de Micaela. Padre e hija. Historias profundas, para el alma, despuntaron en nuestra charla. Cuando te sientes a gusto con alguien, la vida fluye, transparente y llena de verdades necesarias. Exorcizar el pasado que se hace presente, remite a nuevas historias. Mis ojos de ilusión, ante lo que vendrá, contaron con la mirada cómplice de ella. Cuando le conté que dos almas gemelas tendrían un encuentro, sencillamente mágico, su sabiduría de mujer, sólo atino a decirme: abre tu corazón. Sólo eso…

Antonino ya empezaba a mostrar signos de impaciencia. Su mente, ausente, seguirá su curso hacia confines insospechados. Nos dimos un abrazo de corazón con Micaela y la promesa de dar vida a ese curso para personas necesitadas de alegrar cuerpo y alma. Cuando se despidió, con una sonrisa, me observó que por algo había venido con su padre y que nuestro encuentro no era fortuito.

La historia de su padre y de ella, profundas como esas vivencias que marcan a fuego, me dejaron una impronta de vida; de esas que no te dejan indiferente.

Disfruta, de corazón a corazón, con tu alma gemela… se despidió diciéndome ella.

Sebas Morelli Jaimez

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