Sin emoción artificial

Wikipedia hace sencilla la definición de Inteligencia Artificial (IA): “La inteligencia artificial es la inteligencia llevada a cabo por máquinas”. A partir de aquí se abre un mundo de posibilidades pero siempre desde el análisis y gestión de un aparato alimentado por un ser humano quien, posteriormente, tomará decisiones en base a lo que ha determinado esta nueva forma de razonamiento que nos aporta la tecnología. ¿Qué rasgos son importantes o predictivos de éxito para ser un perfil adecuado para un determinado puesto de trabajo? Sí, este es el camino. Es sólo el comienzo.

Esto, en manos de un departamento como recursos humanos, puede resultar muy útil o muy desalentador, según se vaya procediendo y experimentando. ¿Cómo sería una selección de personal para un puesto de operario? ¿Y para un puesto como directivo? ¿Cómo aplicaría para una evaluación de desempeño? ¿Se tomarán decisiones para prescindir de una persona con cierto nivel establecido de algoritmos? ¿Va a predecir el comportamiento de una persona? Nadie está en contra de la evolución de la tecnología pero, ¿podría haber un choque de conceptos entre la inteligencia artificial y la inteligencia emocional?

Ahora mismo, sería aventurado decirlo. Ambas inteligencias, ¿son complementarias o incompatibles? Si relegamos la inteligencia emocional en pos de la artificial, el concepto de ser humano, ¿deberíamos revisarlo? ¿Estaríamos ante una nueva forma de entender nuestro comportamiento? Comprender que nuestra base emocional comience a estar gestionada por lo artificial, más allá que nos aportaría enormemente, ¿cómo afectaría a nuestras más primitivas emociones y sentimientos?

La ciencia está avanzando a pasos agigantados. Es deseable que sea utilizada para aportarnos una mejor calidad de vida y, dadas las grandes diversidades socioeconómicas que existen en nuestro planeta, está claro que no llegaría a todos por igual, creando y aumentando grandes desigualdades, si caben aún más. ¿Cómo influirá la IA en esas diversidades socioeconómicas?

Si, como nos han dicho, nuestra especie es la llamada Homo Sapiens (del latín, hombre sabio) y “la IA es una rama de las ciencias computacionales encargada de estudiar modelos de cómputos capaces de realizar actividades propias de los seres humanos con base en dos características principales: el razonamiento y la conducta” (Bruno López Takeyas en “Introducción a la Inteligencia Artificial”, 2007), ¿dónde hay lugar para las emociones?

Muchas preguntas que ponen en contradicción lo artificial con lo emocional. Salvo que una nueva forma de vida esté naciendo, esta realidad (que nos supera por ignorancia de hacia dónde nos llevará) choca con una verdad absoluta: la innegable separación de nuestros actos con nuestras emociones. Todas las tomas de decisiones que realizamos, a lo largo de cada día, están influidas por las impresiones que nos causa cada situación o acto por minúsculos que parezcan y dependiendo de las circunstancias particulares de cada instante; más aún, en estos tiempos de mayúscula incertidumbre socioeconómica.

Intrigante evolución de nuestra especie, sin emoción artificial.

Sebas Morelli Jaimez

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