Creencias sociales limitantes

¿Qué nos lleva a vivir como antes; como siempre? ¿Qué nos lleva a querer cambiar lo establecido y ver cómo la transformación digital nos desborda? ¿Cómo está ahora mismo tu estado emocional? ¿Preocupación, alegría, ansiedad, felicidad, estrés, tranquilidad o agobio? ¿Cómo está siendo la conciliación laboral y familiar? ¿Realmente podemos con todo? La invasión de series, el observar la vida de otros a través las redes sociales, ¿nos permite comprender qué y cómo está nuestro interior? ¿Cómo está nuestra capacidad de diálogo y comunicación con nuestro entorno más inmediato? ¿Escucho? ¿Me escuchan?

Recuerdo cuando la crisis de 2007 y ya hablábamos de estos temas. Esta pandemia, forzosamente, pone todo patas para arriba y nos obliga a mirar estos temas de frente, con la realidad a cuestas y preguntándonos, seriamente, después de casi tres meses, ¿tenemos clara esa nueva normalidad de la que muchas personas están hablando? No, no la tenemos clara. Me cuesta comprender que con todo el avance tecnológico que tenemos, sigamos hablando de conciliar cuando debería ser esa la “nueva normalidad”. La productividad de un profesional está vinculada a cumplir unos objetivos previamente acordados con la organización. Hablamos de una persona que “ejerce su profesión con capacidad y aplicación relevantes”, según la R.A.E.

Pero, no nos engañemos, la transformación digital de la que tanto nos llenamos la boca hablando, no está llegando a todos por igual. No todo el mundo tiene internet. No todo el mundo tiene la suficiente (pero básica) tecnología en casa o el trabajo para desarrollar las tareas con esa productividad acordada y exigida. Trabajo o colegio. Es una cuestión de objetivos comunes pero de sentido común también. Una persona que está motivada, por sí misma, será productiva. Lo contrario es la frustración. Correr hacia todos lados y tener la sensación de no llegar a ninguno… Seguimos sin comprender que esto va de personas y si no formamos en áreas más orientadas a la filosofía, la ética, los valores, no hay orientación a resultados posible. En las organizaciones, por favor, no llamemos líder a cualquier responsable, jefe o director… En casa, ¿hay un real equilibrio en el reparto de responsabilidades?

No es un tema sencillo de abordar en un artículo pero, desde la antigüedad, la comunicación persuasiva ha estado presente desde la filosofía y hasta las redes sociales, hoy por hoy, pasando por cómo la utilizó el gobierno de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Estamos desbordados de mensajes (por los más diversos canales de comunicación) donde millones de receptores tratan de comprender, como pueden, el efecto deseado por según qué emisores. El modelo sigue sin cambiar y vivimos con creencias sociales limitantes.

¿Nos preguntamos quién emite el mensaje? ¿Hay, detrás de esa persona, experiencia, sinceridad, poder, atractivo, búsqueda de la semejanza en la comunicación? El contenido del mensaje, ¿tiene relevancia, está argumentado, tiene claridad y organización en el discurso? Por último y más intrigante: ¿cómo es la audiencia, el receptor? Más que cómo es, ¿cómo está? ¿Su estado de ánimo? ¿Su nivel de atención? Hay muchos factores situacionales que se escapan al análisis de una sociedad que asiste a un escenario de gran volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad.

La gran noticia, la buena noticia es que hoy tenemos acceso a más y mejor información y haciendo un poco de esfuerzo y con un extra de disciplina, podemos leer, ver o escuchar a grandes profesionales, mujeres y hombres, que nos están aportando ganas, energía y una tremenda actitud positiva para saber y comprender que, más allá de estos aciagos momentos, nos debemos instantes (profesionales, sociales y familiares) para poner una pausa, reflexionar, construir y evolucionar un mejor entorno en el que, la calidad de vida, sea la protagonista en un mundo de vértigo que ayudamos todos a construir. Tenemos el enorme reto de encontrar las bases de una educación en valores (más profunda de lo que hoy tenemos) para nuestros hijos pero que empieza por nosotros como adultos.

Sebas Morelli Jaimez

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