Aitor está transitando un camino hacia un encuentro que se llama Lucía. Como ella quiere llamarse hasta que un día, así lo decide. El encuentro es propio y, con ocho años, lo de Cocó no le convencía. Lo de Aitor, sí lo tenía muy claro. Su comunicación no verbal y emocional (no siempre descubierta o comprendida por su entorno más inmediato), hablaban por ella. No, no era Aitor. En un contexto rural, cerrado, es su abuela Lita, durante un baño en el río, quien empieza a hablarle en femenino. A naturalizarla.

20.000 especies de abejas nos traslada al propio encuentro. No sólo al de Lucía. Su madre, el entorno familiar y social es una perfecta foto de un mundo que se resiste a desaparecer para dar paso a otro más “humano”. En plena era digital, las luchas que se soportan son incontables y con consecuencias poco conocidas. Estamos explorando terrenos que se resisten a desaparecer. El sexo, en todo su magnífico universo, contra su propio tabú. Una película de lenta digestión, profundísima, de autora, necesaria.

Luis Humberto, como también Emilson o Steven, están transitando un camino hacia un encuentro que se llama España. Desde diversos países de América Latina, buscan (sin saberlo) su propio encuentro. Hasta que llega la verborragia propia (una vez que hemos generado un clima de confianza en la sala de formación), es la comunicación no verbal (desafiante, observadora, distante) y la emocional (incertidumbre a ser juzgados, miedos varios no declarados), la que habla por ellos.

Un grupo de mandos intermedios para formarlos en liderazgo basado en los valores corporativos de una gran multinacional. Son muy conflictivos se me advierte, desde recursos humanos, como preámbulo de un escenario digno de una serie de cualquier plataforma que se precie. La experiencia me pide equilibrio. Me preparo para ir a la “guerra” desde la paz, la observación, el amor por mi trabajo, la observación sin juicio, sin etiquetas. El secreto está en las necesidades de afiliación. La sabiduría de Maslow.

Luis lleva orgulloso su vestimenta laboral de una gran empresa mundial del sector de la logística y transportes. Toda su vida allí y como operario. Le quedan tres años para jubilarse y se lo ve fuerte, con ganas y energía. Dice que, al trabajar con gente mucho más joven que él, eso lo estimula para no dejarse caer y dar lo mejor de sí mismo todos los días pero me enfatiza: “Sebas, son muchos años currando. Desde adolescente. Ya toca descansar del trabajo”. Me pone la mano en el hombro y me mira cómplice.

Llevo varios años pensando y trabajando en ello; en mi propia autoconsciencia para que, un día, sea autoconocimiento. Mi trabajo me está (y seguirá) ayudando en esto. El juicio sobre los demás, las etiquetas que ponemos son absolutamente letales en la interrelación personal. Hasta la persona más “fuerte” o más “dura” con la que nos crucemos, está buscando, necesitando afecto. No dependencia. Afecto. La motivación intrínseca (o la falta de ella) juega un papel esencial en esto.

El camino nos ofrece sabiduría mientras andamos. Uno de los refranes del Talmud (libro que contiene la tradición oral, doctrinas, ceremonias y preceptos de la religión judía, según la R.A.E.) más populares, nos invita a profundizar, más allá de la propia fe: “Si yo no soy para mí mismo, ¿quién será para mí? Si yo soy para mí solamente, ¿quién soy yo? Y si no ahora, ¿cuándo?”. A lo largo de la historia de la humanidad, sea a través de la religión, la filosofía o la psicología, la búsqueda del “ser” es incesante.

La integración de Lucía, Luis Humberto, Emilson, Steven o Luis, nos recuerda que, cuando hablamos de personas, cuando debemos madurar cada vez más en nuestras sociedades (y por extensión en las empresas), nuestro peor enemigo es el juicio: amo de muchos de los miedos más profundos del ser humano. La inteligencia emocional no es una moda; es un camino de introspección necesario para vivir en un mundo de 20.000 especies de humanos en armonía. ¿Utopía? ¿Qué te limita?

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