Vivimos un lapso de tiempo en el que, quizá, lastrados emocionalmente por la crisis económica y social que comenzó allí por 2007, despertó una consciencia colectiva de imposición hacia la felicidad y amarse a uno mismo; en muchos casos, llegando a tintes de egoísmo y egocentrismo de una complejidad que el corto plazo no permite hacer consciente.

Culpa de esto la tiene la enorme clarividencia que, todo lo relacionado con una visión superficial de la inteligencia emocional, nos impregna desde hace un tiempo a esta parte. La psicología no se toma demasiado en serio como tampoco la sociología y, entonces, un curso de unos meses (la teoría sola no lo resuelve todo), acredita a una persona para trabajar para otras aportándoles, en unas pocas sesiones, lo que, en la mayoría de los casos, se necesita profundizar sin saber a dónde nos puede llevar realmente el camino emprendido.

Y es que, primero, la persona que quiere aportarle a su cliente, ¿ha trabajado en profundidad sobre sí misma? ¿Se conoce lo suficiente para llevar un proceso profesional de no sólo unas 10 sesiones, por ejemplo? ¿Es esto de real aportación al cliente o sólo un paliativo?  Es incómodo hablar de esto pero muchos profesionales que estamos especializados en diversas áreas, observamos, en el día a día, a colegas que, ante una cierta moda o tendencia, están abocados a volver a reciclarse ya que, esta crisis económica en la era de la pandemia, está haciendo que los empresarios dejen de invertir en según que servicios. Y cuando un empresario deja de invertir, “sufren” los sectores colaterales. Quienes estamos en el mundo comercial desde hace cierto tiempo y hemos vivido varias crisis, lo conocemos en primera persona.

Podremos discutir en si el empresario medio español acierta o no en desinvertir en su capital humano y da para otro capítulo pero la falta de visión comercial de muchos profesionales autónomos del mundo del coaching o la formación, está haciendo ver cómo inician una huida hacia adelante sin una hoja de ruta clara, quizá, porque nunca la tuvieron. Tema incómodo, insisto, pero de necesaria reflexión.

Decía Johan Cruyff, cuando su Barça inicial no funcionaba, que él no tenía plan B; que había que mejorar el plan A. El mundo comercial te enseña eso: trabajar el corto y medio plazo, sabiendo que los resultados llegan en el largo. Pero para ello hay que asumir riesgos y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo. Cuando hablamos de esfuerzo, sacrificio, superación y largo etcétera, dar lo mejor de uno mismo, no está al alcance de todo el mundo. La famosa zona de confort puede ser muy amplia y desafiarla, casi a diario, necesita fortaleza mental, disciplina, honestidad intelectual con uno mismo y seguridad, mucha seguridad en una realidad diaria que, como la frase popular misma nos indica: las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran.

Trabajar con personas requiere compromiso honesto, pasión, paciencia y, si bien todos queremos ganar dinero, no todo vale éticamente hablando (he llegado a escuchar a según qué profesionales que se dedican a esto decir que no les gusta trabajar con personas). Dar lo mejor de uno mismo implica reconocer que cuando las cosas no salen como las teníamos planeadas, sencillamente, es que no estamos dando lo mejor de nosotros mismos. La actitud e implicación personal, nos llevará a superarnos y derribar nuestros propios muros mentales; lo contrario, es no querer salir de la zona de confort y jugar con las expectativas de nuestros clientes.

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