¿Qué nos demostró la pandemia? Más allá de los miedos que ocasionó en gran parte de la población mundial (allí dónde fue notoria y que derivó en muertes y en secuelas aún perdurables en miles de personas), el avance de la tecnología, la ciencia y la medicina, nos pusieron de manifiesto que, en líneas generales, la humanidad ha sabido responder a lo que, hasta hace unos 100 años atrás, hubiera sido una catástrofe de consecuencias aún más dramáticas. La evolución es tecnológica, no humana.

No entro a cuestionar aquí el debate eterno sobre lo que ocurrió realmente (o no) con esta pandemia del siglo XXI. La única verdad es la realidad y, moverse por arenas movedizas, no aporta un análisis riguroso. Sí es real que las secuelas psicológicas se han incrementado. Se están incrementado. ¿Ha sido la pandemia un acelerador de esto? Hace unos años, mi hija, me regaló la segunda edición (ampliada) de La sociedad del cansancio (2017) del filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han (1959).

Siendo uno de los filósofos más innovadores de los últimos años, Han, comienza fuerte: “Las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO) definen el panorama patológico de comienzos de este siglo. Estas enfermedades no son infecciones, no son infartos ocasionados por la negatividad de lo otro inmunológico, sino por un exceso de positividad”.

Continúa el filósofo, en el primer capítulo: “La violencia parte no sólo de la negatividad, sino también de la positividad, no únicamente de lo otro o de lo extraño, sino también de lo idéntico”. “En un sistema dominado por lo idéntico no tiene sentido fortalecer las defensas del organismo”. Según Han, la sobreabundancia de lo idéntico es el exceso de positividad. ¿Nos hace, ese exceso de positividad, ser violentos? Existe un agotamiento, una fatiga y una ansiedad ante una superabundancia existencial.

Esa superabundancia es material pero, comparativamente, es social. Se ha masificado el concepto de positividad. No hace falta más que acudir a un centro comercial en fechas festivas para comprobar como la masa, compre o no, gaste mucho o no, vive con intensidad esa necesidad de “pertenecer” a lo que está ocurriendo aquí y ahora. Si no estoy en esta dinámica, no entiendo otra forma de ser feliz; por lo tanto, la masa (incluso de forma inconsciente) me “arrastra” a salir a comprar.

Este exceso, sin una correcta gestión emocional, puede derivar en una sistemática comprensión de la realidad que distorsiona unos valores propios identitarios. Yo no soy yo, mi realidad es el “todos”; por lo tanto, la depresión, el TDAH o el SDO se han ido convirtiendo en compañeros (no deseados) de viaje, generándonos ese exceso de positividad. Si puedo acceder (falsamente) a todo lo que me ofrece la realidad, no llego, me frustro, no pertenezco, me cargo de ansiedad… en una palabra: sufro.

Podemos recurrir a uno de los grandes sociólogos, con profundos aportes a la psicología social, como lo fue Gustave Le Bon (1841-1931) para comprender y comparar como, hace un siglo atrás, ya había serias preocupaciones por la conducta individual de la persona dentro de la masa. La persona, cuando actúa en masa, cree que su objetivo (el que sea) es la verdad absoluta. Cuestionarla, es perder el sentido de pertenencia (Maslow) y la “expulsión” del grupo. “Los impulsos a los cuales la masa obedece son tan imperiosos que aniquilan el sentido para el interés personal”, sostiene Le Bon.

La ventana al mundo en la que se ha convertido internet, nos permite actuar como juez y parte de nuestras vidas. Podemos llegar a justificar todo y lo contrario al mismo tiempo. Podemos ser narcisistas de nosotros mismos subiendo fotos propias a nuestras redes sociales como si no hubiera un mañana. Esperando el elogio rápido y fácil. ¿Han pasado tres horas y no recibo más? Otra dosis de necesidad de ser aceptado, querido, deseado. Un exceso de positividad (estímulo propio) que nos lleva al cansancio social.

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