De repente, la Plaza de Salvador Dalí, me recordó esa adolescencia incomprendida hasta la saciedad por una sociedad que rebusca en las miserias ajenas lo que la propia no le permite ver. Ceguera de los años que dejan de revelarse para perderse en una vida sin destino, sin sentido. Estos son tiempos de Bad Gyal en una ciudad que todo lo permite. En mi época, dormir a la intemperie para ver por primera vez a los Rolling Stones, era una proeza. 

Hoy, compramos las entradas desde nuestros dispositivos móviles. En 1995, cuando vi por primera vez al combo de Mick Jagger, había que pasar la noche en vela (y en la calle) para saber y ver, en directo, que era aquello de “Sí, lo sé. Es sólo rock and roll pero me gusta”. De repente, en la Avenida de Felipe II, la adolescencia volvió a mi mente y sonreí recordando aquello que nunca debería desaparecer de la esencia humana: la rebeldía por «ser». 

Y no iba solo pero no era el momento para el asalto al pasado durante ese presente. Las calles aledañas al Palacio de Deportes nos volvían a unir y, como casi siempre, debíamos seguir jugando a eso que, sin querer, tuvimos que aprender y aceptar pero que la piel, que nunca engaña, no puede ni quiere soportar. Había que hacerlo. Debía imperar una palabra poco popular cuando la sangre hierve y es que la paciencia sabe más por vieja que por diabla. 

No conocía a Bad Gyal de nada pero me devolvió a la adolescencia. Nos retrató como a dos niños que buscan la mentira inocente para perderse solos en las calles madrileñas y, una vez conseguido el objetivo, Goya fue testigo de los nervios de besar como si fuera la primera vez: suave, hermoso y sabedores, esos labios, de una profunda conexión emocional que sólo las almas curtidas en mil batallas no necesitan de explicación alguna cuando el paraíso es eso mismo. 

Y no alcanzó ir de la mano, intentar buscar (en vano) un lugar para tomar algo; un refugio para no se sabe qué. Porque el caos emocional se había apoderado de ambos y sólo primaba la piel. Ese instinto primitivo y ancestral de fusionar lo que estaba destinado a unir. Las mentiras inocentes dieron paso a un fuego interior apaciguado por una primavera aún prudente de calor. Y nos prometimos hacer nada y nos mentimos todo. El tiempo, esa es la verdad, no había pasado. 

Y sabíamos que este instante que es nuevo, revelador, único y que no volvería, forma parte de un tiempo mucho mayor; que nos supera y nos devora y nos tiene presos en sus juegos de seducción. La distancia volverá a hacer su trabajo hasta que el próximo encuentro nos demuestre, como esa eterna medida llamada tiempo, que, para nosotros, volver a mirarnos bastará para querer jugar como dos adolescentes. Con o sin Bad Gyal, no se apaga el fuego interior. 

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