En su tercera acepción (y filosófica), la Real Academia Española, define logos al “discurso que da razón de las cosas”. ¿Es la razón la verdad de las cosas? ¿Qué es la verdad? Si seguimos la vía de la R.A.E., en su cuarto significado, nos descubre el “juicio o proposición que no se puede negar racionalmente”. Por lo tanto, debe haber una conformidad entre las partes para concluir una verdad sobre las cosas; sobre un tema que tendrá, necesariamente, un acuerdo para que sea considerado como tal.

Las reglas de juego se han ido modificando lentamente hasta llegar a nuestros días donde, desde las redes sociales, el debate ha perdido sustancia. La descalificación y la opinión superficial se han impuesto, dando por buenas lo que conocemos como fake news (noticias falsas). Mentiras verdaderas que pocos intentan profundizar quedando, en una enorme cantidad de personas, la ridiculización de la verdad. ¿Dónde encontramos la responsabilidad personal por comprobar y buscar esa verdad que, desde el punto de racional, no se pueda negar?

En política y el universo digital se ha llegado a una situación en la que debatir ideas se ha convertido en algo tan efímero que somos pasajeros de una alta velocidad devoradora de encontrar caminos de diálogos y comunicación. Si muchos analistas del mundo virtual nos están diciendo que, dichas redes sociales, deben madurar para encontrar una “estabilidad”, ¿se puede concluir el desnudo al que estamos siendo sometidas las personas y como nos expone en nuestra falta de criterio individual y social?

Que duda cabe que, si esto lo transferimos al ámbito profesional, tenemos un enorme camino por delante a la hora de trabajar las competencias de nuestros trabajadores. En una reunión con un cliente (antes de este verano) preparábamos una acción formativa sobre comunicación eficaz y, con cierta urgencia (no por los tiempos; sí por modificar conductas), me hacía hincapié en abordar que comprendieran las diferencias entre comunicar con el personal interno y con los clientes bajando a su nivel de entendimiento ante la queja de éstos por el exceso de lenguaje normativo o técnico. Encontraba urgente también evitar discusiones estériles por ver quién tiene más razón sobre su área de responsabilidad con respecto a un colaborador; por último, cómo comunicarse de forma oral y escrita sabiendo distinguir a diversos niveles de interlocutores sumado a la capacidad de redacción.

No discutía la valía técnica ya que “son muy buenos pero no saben ser estratégicos, ni debatir ideas”. Esto los lleva a “no saber perder una batalla para ganar la guerra”. “Les cuesta la redacción de mails y cómo comunicar a la hora de hablar en público”. El mensaje final es que quién no adquiera las soft skills, que hoy demanda el mercado laboral (no hablamos de cambios de paradigmas ni que haya que estudiar un máster en Harvard), sencillamente, no evolucionará dentro de la organización.

Con o sin crisis, no es la primera vez que me encuentro con una afirmación tajante de un directivo y, sospecho, no será la última. Me expresaba el cliente que, de un tiempo a esta parte, observa la falta de proactividad a la hora de debatir ideas en los diversos equipos de trabajo y, si bien soy de los que cree que las empresas tienen que aportar en la “educación” de sus trabajadores (en esta me consta que se hace), me viene a la mente la famosa frase de Abraham Lincoln: “No se puede ayudar a los hombres haciendo permanentemente por ellos lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos”.

¿Cuál es la verdad? Creo, y el debate está servido, que el uso desmedido de las redes sociales, cierta pereza por profundizar y comprender los temas que nos rodean (no creer todo lo que vemos y oímos y, por supuesto, cuestionarlo), sumados a una progresiva falta de compromiso en el constante aprendizaje (competencias y habilidades), nos están llevando a que, por lo menos en el mundo profesional, estemos perdiendo espacios de diálogo y comunicación eficaz que deriven en sanos y necesarios debates de ideas que enriquezcan, no sólo a la organización, sino también a la motivación y sentido de pertenencia de los trabajadores. Esta falta de compromiso, empobrece a cada una de las personas y, por ende, a los equipos de trabajo. Aquí, el logos, urge recuperar su verdad.

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