La Real Academia Española nos da dos acepciones para definir la palabra algoritmo. La primera: “Conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”. La segunda: “Método y notación en las distintas formas del cálculo”. La idea de trabajar con el famoso Big Data y, por supuesto, con todo el volumen de información que una empresa pueda ser capaz de absorber, nos lleva a comprender que toda la tecnología de la que disponemos (¡y lo que vendrá!) debe estar orientada a que nuestros trabajadores realicen una labor que aporte valor; hacer tareas más humanas. La tecnología por sí sola, no tendría sentido sino nos permite desarrollarnos como personas.

La era industrial nos mostró la parte menos amable en cuanto al aporte de los seres humanos en los bienes y servicios de consumo durante el último siglo y pocas décadas más. La fabricación industrial nos alejó de poder realizarnos como personas. ¿Preocupaba acaso? La evolución de la psicología (y todas sus ramificaciones) nos viene mostrando el camino para ser “más humanos”. Queda muchísimo aún por andar pero estamos en ello. Objetivamente hablando, hemos dejado de trabajar en lugares con mala iluminación, sin ventanas, ni calefacción o aire acondicionado. Hoy, nuestras mesas o sillas son más agradables con nuestras posturas. El cambio de los últimos cuarenta años, aproximadamente, ha sido notable en muchos aspectos.

Pero claro, el algoritmo no sabe de miedos, valentía, dudas, certezas, ansiedad, estrés, calma, emociones… Por mucha información que, la inmensa base de datos tenga, no conocerá nunca cómo se encuentran nuestros trabajadores. En alguna ocasión escribí sobre la importancia de fusionar la inteligencia artificial y la emocional. Por supuesto, no descubro la pólvora. Estamos muy receptivos a la evolución de la tecnología en todas sus facetas. Nos hay más que ver las redes sociales y la enorme cantidad de artículos, escritos, libros, proyectos y un largo etcétera sobre ella.

Sin embargo, seguimos teniendo enormes déficits en materia humana. ¿Cuántos tabús sociales existen para mirar de frente temas como la soledad o la depresión, por ejemplo? ¿Cómo afectan éstas al día a día laboral? Comprendiendo que se trata de temas personales y complejos de gestionar, ¿se trabaja seriamente en el mundo de la empresa estas cuestiones? Seguro que habrá organizaciones que sí pero, de momento, son minoría. Por mucho que hablemos de “hacer tareas más humanas”, sino nos ocupamos de las personas, poco evolucionaremos. Esto debería ocuparnos y ser un tema tan prioritario como invertir en tecnología. ¿Es una cuestión de romanticismo contra las máquinas? En absoluto. Es una realidad aplastante que, por temas sociales, culturales, religiosos o familiares, nos siguen lastrando como personas.

El algoritmo incierto. Algoritmo como compañero de trabajo (o gestión) fiable. Incierto por cómo es su ejecución que dependerá del estado emocional de un humano. Tan cierto como nuestras propias emociones sentadas en la cornisa de una fracción de segundo donde todo puede decantarse hacia un lado o hacia el otro. Por muchos datos a medir de los que dispongamos (evaluación profesional de una persona, por ejemplo), el miedo o la soledad pueden hacer acto de presencia, incluso en lo más alto de nuestro rendimiento o competencias. Simone Biles, la gimnasta artística estadounidense, nos lo mostró crudamente en los últimos Juegos Olímpicos de Tokio.

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