Según su teoría evolutiva, Paul MacLean (1913-2007), llamó “cerebro triúnico” a la división en tres partes de nuestro órgano más complejo: reptiliano, sistema límbico y neocorteza. El primero controla el comportamiento y el pensamiento instintivo para sobrevivir y se habría desarrollado en la fase inicial de nuestro progreso como especie, según nos conocemos hoy en día. El segundo se encarga de regular las emociones, la memoria y las relaciones sociales; cómo sea estimulado, influirá sobremanera en los vínculos de una persona. Por último, el neocórtex es el responsable de la percepción sensorial, la cognición y nuestro sofisticado control motriz. La evolución viene dada, en este “último” cerebro, por el lenguaje, el pensamiento, el razonamiento y la sabiduría.

La teoría de este médico y neurocientífico estadounidense está siendo cuestionada en nuestros días desde el punto de vista en que se cree que los tres cerebros actúan de forma conjunta y no separada, entre otras cosas. El fascinante mundo interior de este órgano y la constante evolución de la ciencia y la tecnología, nos permite estar atentos para intentar comprender cómo y por qué somos como somos y actuamos como lo hacemos. Podríamos establecer que, durante siglos, el ser humano se ha caracterizado por una cultura del pensamiento: las artes, las letras, la investigación y la constante búsqueda de lo superior, nos ha llevado a seguir creciendo y evolucionando. El drama y la comedia han forjado nuestro carácter, siempre en constante desarrollo.

La irrupción de la tecnología visual y auditiva (desde la invención de la radio y la televisión hasta nuestros días) ha “modificado” la forma de percibir el mundo. Siguiendo esta línea argumental, podríamos avanzar diciendo que hemos pasado de esa cultura del pensamiento a una cultura de la diversión, de la complacencia inmediata. Al final de cuentas, la revolución digital en la que estamos sumergidos va a una velocidad de vértigo y todo lo que no se gestiona a un click de ratón o movimiento de nuestros dedos, en los diversos dispositivos de los que disponemos, nos lleva a “pensar” y esto, en líneas generales, es mucho más aburrido. Hoy todo pasa por el entretenimiento. Lo observamos constantemente en las redes sociales y en los medios de comunicación.

Muchos autores vienen hablando desde hace tiempo de la infantilización de occidente. La fortaleza cada vez más notoria de los Estados (desde la Segunda Guerra Mundial), la búsqueda de un “padre” protector, la evasión de ciertas cuestiones sociales urgentes y los miedos diversos que afectan a una sociedad generosamente conectada, nos llevan a preguntarnos: ¿cuándo se fastidió el invento? O sea, nosotros; los seres humanos. De un tiempo a esta parte, y sobre todo en las organizaciones, se valora mucho más las habilidades y competencias de las personas. Damos por entendido que si tiene las técnicas para el puesto de trabajo y cierta experiencia, ahora nos preocupa que sea flexible, que tenga capacidad de adaptación al cambio o que se adapte a entornos V.U.C.A. (por cierto, este concepto no es nada nuevo y, si bien se popularizó en la década de los noventa, fue creado por las escuelas militares estadounidenses al finalizar la II Guerra Mundial y definir cómo era el mundo durante la Guerra Fría hasta su finalización con la caída del Muro de Berlín).

Necesitamos líderes, personas que sepan trabajar en equipos, que se sepa delegar, saber decir que no, tener una buena comunicación y ser creativos. De todo esto adolecemos mientras mostramos, en nuestros canales de comunicación favoritos (o las redes sociales que se ponen de moda), nuestra imagen más potente en búsqueda de exponer cuán felices somos. ¿Signo de los tiempos? ¿El modo de vida y consumo aceptado por la generalidad?

Sea como sea, nuestro cerebro triúnico se debate entre sobrevivir cuando los miedos afloran (en tiempos de pandemia se expresan diversos y notorios) y ser emocionales para mostrarnos felices y tratar de ocultar los dramas. Mientras tanto, el neocórtex (último en desarrollarse) sigue a la espera de poder madurar su pensamiento, razonamiento y, quizá, con suerte comprender lo que significa la sabiduría. De momento, el culto a la personalidad o la infantilización de occidente son protagonistas en un mundo que va a una velocidad de vértigo hacia ningún lugar en concreto, hacia todos a la vez.

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