En su segunda acepción, la R.A.E., nos define hortelano: “Persona que por oficio cuida y cultiva huertas”. Aquella vieja expresión, “…ser como el perro del hortelano, que no come ni deja comer”, nos remite a un cuatro patas que no se alimenta de vegetales y, mientras cuida la huerta de su amo, no permite que otros animales lo hagan. Publicada en 1618 (pleno Siglo de Oro español), Lope de Vega Carpio (Madrid, 1562-1635) nos regala esta comedia que, dirigida por Dominic Dromgoole (Bristol, Reino Unido. 1963), deleita, sorprende y nos concede poco más de dos horas de teatro que logran captar la atención de un público totalmente entregado.

El pasado domingo cuatro de abril, en la Sala Verde de los Teatros del Canal (Madrid), observé como los maravillosos actores que representan esta obra, comienzan saliendo al escenario y nos saludan e intercambian pequeños diálogos, sonrisas, complicidades para, en una fusión fantásticamente lograda, empezar la comedia en la que Diana (fría y distante condesa) no puede amar a Teodoro pero tampoco lo deja amar ni ser amado. Juega con él manipulando sus debilidades y emociones. No come ni deja comer.

Como la vida misma, El perro del hortelano, nos refresca las debilidades y fortalezas que todos los mortales tenemos y a los que estamos sometidos día a día. En lo personal y lo profesional, danzamos un juego de seducciones para lograr nuestros objetivos más íntimos, más profundos. Suplimos el escenario de un teatro por nuestros pequeños espacios y contextos que vamos surfeando según, estratégicamente, hayamos planificado o, destinos de la incertidumbre, la vida nos va sorprendiendo. A veces se gana; a veces se pierde.

Diana es incapaz de mostrar sus sentimientos reales. Teodoro busca conseguir sus propósitos a través de Marcela y Diana y viceversa. Va y viene. Viene y va. La acción es tal que no da respiro y ni falta que hace. Se disfruta de lo que transmiten los actores. De los momentos de risas buscando la complicidad del público que bien lograda está. La intención del director (si es tal), se ejecuta a la perfección por unos personajes apasionados en su entrega y diluyendo límites mentales (las famosas creencias limitantes que, en algunos casos, decantan en potenciadoras) para su alegría y felicidad. Se respira la liberación encorsetada por prejuicios, sesgos y juegos sociales. Hay deseo; hay caos emocional. Se respira libertad.

El siglo XVII no es tan ajeno a nuestro vértigo del 21. Sostengo con frecuencia que la industrialización y la digitalización nos aportan una falsa creencia evolutiva desde la “humanización” de esta especie que nos ha tocado ser. Las herramientas que tenemos para una vida más “sencilla”, más ociosa, no terminan de aceitar y engranar qué y cómo actúa nuestra mente a la hora de enfrentarnos a esas emociones más primitivas que nos hacen tomar decisiones (o no) a favor o en contra de intereses propios que, en muchas ocasiones, no sabemos explicar.

Lope de Vega nos recuerda que la felicidad implícita en cada uno de nosotros no está en lo que podamos hacer o decir a otros semejantes. La comedia sirve para no tomarnos tan enserio. Aprender a reírnos de nosotros mismos aporta bienestar, salud emocional. Cuando nuestra dicha la ponemos en otros (manipulando vilmente en ocasiones), la vida nos recuerda quién sale perdiendo; tarde o temprano lo sabemos. Ayer como hoy, vivir y dejar vivir. En lo personal y en lo profesional.

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