Con ese humor (que juega con la ironía, lo sarcástico) característico de los británicos, Ashleigh Ellwood Brilliant (Londres, 1933), escribió en “Todo lo que quiero es una cama cálida, una palabra amable y un poder ilimitado: pensamientos aún más brillantes” (1985): “Qué extraño, dondequiera que fijo los ojos, siempre ven las cosas desde mi punto de vista”. Permitiéndome una licencia temporal y entre personajes contemporáneos, Edward Irving Koch (1924-2013), abogado y político estadounidense (fue alcalde de Nueva York entre 1978 y 1989), nos exclama: “¡Pero basta ya de mí! Hablemos de ti… ¿Qué piensas de mí?”. ¿Existe la fascinación por uno mismo?

En su magnífico libro “La autoestima” (2009), Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943), psiquiatra y residente en Nueva York desde 1968, nos da su modo de entender la autoestima: “Es el sentimiento, placentero de afecto o desagradable de repulsa, que acompaña a la valoración global que hacemos de nosotros mismos. Pero esta autovaloración intelectual y afectiva se basa en nuestra percepción, más o menos positiva o negativa, de las diversas partes de nuestra persona y de nuestra vida que seleccionamos porque las consideramos relevantes”. Podemos desprender de esto que la calidad de nuestros valores influye notablemente para medir nuestra valía o no.

Si mi punto de vista, lo que piensan de mí y cómo esté mi autoestima, influyen marcadamente en la interrelación con los demás, ¿qué papel juega el ego? ¿Protege nuestra autoestima? ¿Existe algún síntoma de carencia afectiva? ¿Cómo nos vinculamos con otras personas? ¿Cuánto afecta el control o el mayor poder que, percibo, tengo sobre las cosas u otras personas? Entonces, cuando tengo éxito (en lo personal o en lo profesional), ¿es todo gracias a mí? Cuando fracaso, ¿es culpa de los demás o existe el sesgo de la mala suerte? ¿Cuánto buscamos evaluar nuestras circunstancias (de forma ambigua) según beneficien nuestros propios intereses?

Hace unos días, hablando con una persona de mi confianza y en un largo paseo, por un entorno natural y muy relajados, me contaba sobre un juicio que había ganado pero que, por circunstancias de la misma legislación, la sentencia no se estaba aplicando como esta persona quería que se aplicara. No sólo era haber ganado, sino que cayera todo el peso de la ley sobre la otra parte. No se contentaba. Creía que la justicia era de todo menos justa. Estaba contenta por el veredicto pero, ¿su ego, su punto de vista sesgado, la experiencia con la otra parte?, no le permitía estar en paz. Al no tener el control absoluto y la respuesta radical de cómo debía haber sido, todo era negativo.

El sesgo de la mala suerte no existe. Hago un juego de palabras con el sesgo de autoservicio; aquel por el cual tendemos a auto atribuirnos nuestros éxitos pero, cuando fracasamos, el mundo (personas, crisis, el universo y un sinfín de excusas) operan en nuestra contra. Por supuesto, existen situaciones objetivas en la vida y en la relación con los demás pero siempre habrá un interés propio (nuestra visión subjetiva) que estará condicionado por el ego, la autoestima y la autoconsciencia. La inteligencia emocional es esencial para tener una calidad de vida sana, lo más libre posible de conflictos internos que no hacen más que perjudicar nuestros propios intereses mentales y físicos.

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