A día de hoy, la historia no se pone de acuerdo sobre si Platón “utilizó” a Sócrates para, solapadamente, situar en boca del maestro lo que el discípulo, en realidad, quería expresar. Sócrates no dejó sus propios escritos y ello, para lo bueno y lo malo, deja abierta la interpretación. La era presocrática, su pensamiento, influyó en uno de los grandes hombres que occidente ha dado y que, a día de hoy, sigue tan actual como entonces. En aquellos tiempos también había disputas, envidias, egos y mezquindades. Dos mil quinientos años después poco hemos evolucionado.

Ser protagonista de una época tiene sus beneficios pero también sus miserias. Eso está pensando, ahora mismo, Santiago. Camino de su octava década, ha dado todo por su familia. Ha cometido ciertos errores en los últimos años. Justificados o no, ¿quién puede soportar tanta disciplina? “Queremos imponernos férreas conductas que nos meten en una cárcel autoconstruida por seguir una idea o forma de comprender lo que creemos que la historia tiene preparada para nuestra vivencia en este mundo”, comentó Julio a su padre. Dos hombres maduros, padre e hijo, ante la responsabilidad que les ha tocado vivir. ¿Realmente elegida? A esta altura, poco importa. El tiempo es el que es.

Rosa, la esposa de Julio, escucha Steely Dan. Mientras padre e hijo dialogan, suena de fondo “Alive in America”, uno de los mejores directos, no sólo del grupo estadounidense, sino de la historia de la música contemporánea. Editado en 1995, es uno de los favoritos de ella que, mientras se recrea en la escucha, sin querer, pone un fondo agradable y amable a temas de compleja e incierta realidad y solución entre padre e hijo, entre deseos y sus responsabilidades.

Así como Sócrates no dejó sus propios escritos pero sí un legado que le reconoce, Santiago no sabe si dejar sus memorias como tampoco conoce su final y en qué condiciones será recordado. Julio, lo observa y escucha, convencido de que la ruptura con ciertas cuestiones familiares es el camino… “El camino es tu destino”, padre. “Necesito despejar la mente”, asienta Santiago con firmeza, mientras comparten una copa de vino.

Rosa se ha quedado sola en sus pensamientos y música. Alejada de tanto protagonismo, cree que podemos ser héroes por un día, todos los días. En el ejemplo de ser lo que anteriormente no se hizo bien, aunque quizá, ya sea tarde…

Julio, mirando a su padre, exterioriza un pensamiento mientras todavía está en juego el tiempo presente en un lugar de gentes sin memoria ni reconocimientos. Santiago, en su mundo, no ha escuchado a su hijo. Al final de cuentas, ser protagonistas, en una era mediática y mediocre, haya sido el peor de los pecados. Al final de cuentas, todo lo hecho queda desdibujado por errores banales juzgados por los adalides de la moralidad reinante. Una moralidad que se cura desde la cúpula del poder.

Rosa, con su pragmatismo habitual, saldrá de compras. Observa a padre e hijo y se va con la idea de que, dos mil quinientos años después, poco hemos evolucionado. Disputas, envidias, egos, mezquindades…

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