Su rostro está concentrado en la pantalla de su iPhone. Lo mira muy de cerca. Mientras me tomo un café americano en el Starbucks de la calle Orense y espero por una reunión, no puedo dejar de observarla. La admiración vendrá segundos más tarde. Esta imagen hubiera sido impensable décadas atrás. No sólo la situación sino también la actitud abierta, transparente y desafiante para con la vida. Antes oculta, ahora visible y con gran orgullo de querer vivir la vida.

No sé su nombre, ni lo sabré. ¿Importa? Tiene los labios pintados de rojo, el pelo oscuro y corto, tez blanca y es muy delgada. Da sorbos a su bebida y, cada tanto, levanta la vista y mira a su alrededor. En su mesa, un libro. En la silla, su bolso blanco y refinado. Estoy absorto en mi observación; por unos instantes no existe nada en mi mundo más que ella. La imagen es delicada, bella y elegante.

Con cuidado y a su ritmo, muy pausado, abre su MacBook Air. No, no es esto una publicidad de Apple. Pero quizá la tecnología de los de Cupertino, es la que mejor ha sabido interpretar y adaptarse a cualquier tipo de usuario desde siempre. Debo apurar mi café. Mi reunión comienza en cinco minutos. Nunca sabré más de ella pero me genera admiración. Hace décadas no hubiera salido de su casa.

Ella, se llame como se llame, está sentada en su silla de ruedas, con motor y un joystick para conducir. El grado de discapacidad que tiene es enorme. Una eternidad tarda en coger su vaso y beber. Los movimientos de sus dedos son delicados, sutiles, elegantes. Si no hubiera tenido esa reunión, mi espíritu periodístico y curioso, me habría llevado a pedirle permiso para, tan solo, expresarle mi admiración más absoluta. Quizá, si existiera una próxima vez, con una situación similar de maravillosa actitud de vida, no debo ponerme excusas. ¿Cuánto tiempo se tarda en decirle a alguien ese sentimiento que nos brota? Aunque sea a una persona desconocida, merece mucho la pena.

Verdaderos ejemplos como este son los que me recuerdan, cada instante de mi vida, en no permitirme excusas de ningún tipo para “hacer”, para “pasar a la acción”. De mi vida ha desaparecido para siempre la pregunta trampa y nostálgica, “¿Por qué no hice o no me animé a…?”. Los arrepentimientos tardíos no sirven, no valen para nada. Todo el tiempo estamos tomando decisiones; incluso cuando decidimos no hacer nada estamos decidiendo no hacer nada y, esto, a la larga, también tiene consecuencias en nosotros.

Ella. Su libro, su ordenador, su móvil, su vida… Como la de cualquiera pero con las terribles limitaciones de una gran discapacidad. Puede ser en Madrid o en cualquier otro lugar. Seguramente esta pequeña historia es la celebración de la vida misma. Cada uno decide cómo vivirla. Ella ha elegido vivir su vida como un gran reto y no como un lamento.

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