Por nuestra vida pasan muchas personas. Algunas, se quedan para siempre. Otras, durante un período de tiempo. Éste, pueden ser algunos años, algunos meses, algunas semanas. Sin ser demasiados analíticos sobre esas personas, ¿nos preguntamos qué nos han aportado? Generalmente solemos cuestionar el por qué se han ido, reflexionando muy poco sobre los detalles que nos han impregnado. Es un ida y vuelta. Lo hacemos; nos lo hacen. ¿Destino o casualidad? ¿Nos dejan alguna enseñanza?

Nuestro egoísmo, en muchas ocasiones, nubla la visión sobre los matices. Son, precisamente éstos, los que debemos aprender a observar con agradecimiento, ya que, si los sabemos leer, nos descubrirán lo que aún nos resta por crecer, mejorar o evolucionar. En muchos casos, lo que me molesta del otro es un reflejo de mis propias carencias, sobre todo, emocionales. Comprender y realizar este trabajo de introspección es elemental para nuestro progreso. Por supuesto, no es una obligación.

Digamos, hasta aquí, que hablamos de connotaciones más “negativas” sobre esos detalles pero, ¿qué hay de esa personas que nos aportan pausa, tranquilidad, silencios, una mirada, en otras palabras, sabiduría? Por ejemplo, ¿observamos a los mayores que nos rodean? Nuestros mayores tienen sabiduría para dar y regalar. Sólo hace falta saber escucharlos. Para lo bueno y no tanto, son una fuente inagotable de aprendizaje. Esto, no te lo enseñan en ningún curso, ni en ningún máster por mucho prestigio que tenga.

Si sabemos valorar estos aportes, nos enriquecen la vida. Nos ayudan a tomar mejores decisiones. Nos enseñan dónde meternos y, lo mejor, ¡dónde no meternos! Aquí es donde nuestro ego debe darse un paseo y permitirnos esas conversaciones mirando más allá de lo que nuestro ritmo de vida nos imprime a velocidad de vértigo. La rutina de ciertas relaciones, como en cualquiera de éstas, debe ser mirada desde la verdadera compasión. Esta época veraniega es un buen momento para hacer una introspección.

Alguien, a quien conozco y quiero desde hace más de 20 años, me regaló (sin querer) unas palabras precisas y preciosas, sobre nuestra relación: “Uno, en la vida, tiene encuentros perdurables”. Tanto en siete palabras. Recuerdo esa charla en un restaurante, a pie de playa, en Alicante. Era junio de 2019 y Ana venía a visitar a su hija en la costa mediterránea, mientras yo bajaba desde Madrid para ese gran encuentro. Buenos Aires como hilo conductor de nuestras vivencias y experiencias.

Nos ufanamos por querer tener relaciones perfectas, lejos de decepciones o contradicciones y no nos damos cuenta que todos tenemos unos tiempos de maduración o crecimiento que, en muchas ocasiones están desaliñados con aquellos con los que queremos forzar las cosas. Sobre todo cuando vamos creciendo. Escuchar, dialogar, comunicarse y compartir sin expectativas pueden ser una buena medicina para disfrutar de la sencilles de encuentros perdurables (o no) pero que nos enriquecerán.

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