¿Recuerdas si has tenido que actuar en contra de tus propias creencias para seguir las normas impuestas por un superior?

¿Recuerdas haber tenido que convencer a alguien de algo que tú no creías para seguir las directrices de alguien superior a ti?

¿Cómo viviste la experiencia de tener que ajustarte a normas muy estrictas de disciplina?

Estas y otras preguntas similares pueden aparecer en una entrevista de trabajo. No se trata de obsesionarse con preparar todo tipo de respuestas. De lo que hablamos, cuando planteamos estas preguntas, es de ir preparados y no tener miedo o sufrir por tener que contestar a preguntas que, a priori, no están en nuestra lógica o entendimiento. Hay puestos de trabajo que, necesariamente, requieren de estas preguntas. No se trata de las respuestas en sí mismas. Se trata de leer entrelíneas.

Ir lo mejor preparados a una entrevista, quizá no nos dé el puesto de trabajo pero puede despertar la curiosidad del entrevistador sobre nuestra capacidad de adaptación a entornos “hostiles”. Tengamos en cuenta que, una vez en el puesto de trabajo, la realidad supera a la ficción y deberemos enfrentar problemas reales. Es loable que busquemos descubrir las habilidades blandas de los candidatos pero, en entornos con tanta incertidumbre y ambigüedad, ser resolutivos y tener criterio propio es esencial.

Vivimos un tiempo en el que, distorsionados por ciertas lecturas, artículos o ilusorias formas de trabajar en según qué empresas influyentes, muchos aspirantes a su primer experiencia laboral confían en que podrán tener esas ventajas dignas de estudios de diseño de interiores adaptados al mundo empresarial, sin tener que esforzarse, superarse, frustrarse, trabajar horas extras, encontrar opiniones que estén en contra de la suya y un largo pero muy largo etcétera que la realidad profesional impone.

En ocasiones hablamos de las típicas preguntas, sin haber demostrado nada, de cuánto van a ganar al mes, vacaciones y varios “derechos” más sin percatarse de los deberes que primero hay que demostrar para obtener las recompensas deseadas. Al paraíso no se llega sin demostrar lo que vales. Puedes encontrar ciertas facilidades en el camino pero éste es muy largo y, sin preparación, la frustración puede ser mayúscula. El asesoramiento desde casa brilla por su ausencia en la inmensa mayoría de los casos.

En su libro, La sociedad del cansancio, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, cita a Friedrich Nietzsche (1844-1900): “En El ocaso de los ídolos, Nietzsche formula tres tareas por las que se requieren educadores: hay que aprender a mirar, a pensar y a hablar y escribir. El objetivo de este aprender es, según Nietzsche, la “cultura superior”. Aprender a mirar significa “acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo”. ¿Hemos dimitido de la función de ser educadores?

Los tiempos modernos, inteligencia artificial de por medio, nos están llevando a un mundo nuevo que se está desarrollando y que no sabemos a dónde nos conducirá. La adaptación es a pasos acelerados. Ello tiene sus pros y contras. Pero lo que no debemos perder de vista es el rol que tenemos como padres, trabajadores, seres sociales, como familia: el de educar. Mirar, pensar y hablar y escribir. Hasta que seamos un “ser híbrido” que sigue habitando este planeta, dimitir de tal responsabilidad, no es un buen negocio.

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