Una de las claves de cualquier organización para lograr los objetivos pretendidos es el trabajo en equipo, diferenciándolo de un grupo de trabajadores. Éste podría ser un conjunto de personas que trabajan para cobrar un sueldo (motivación extrínseca) y sin compromiso alguno por los valores que pueda proponer la empresa en la que prestan sus servicios. Los trabajadores, si no perciben una clara orientación a las personas, jamás sabrán de que se habla cuando hablamos de sentido de pertenencia.

Cuando la empresa pretende formar equipos de trabajo, pone los valores por encima de todo. Surge el compañerismo, la confianza y la generosidad. El problema del compañero es mío también y me comprometo con sus problemas. Compartir implica saber que lo que hoy doy por alguien, mañana me volverá. Sin obligaciones. Cuando uno da, recibe; aunque no sea de la misma persona. La percepción de los demás se hace realidad y aflora el verdadero concepto de equipo de trabajo.

La coordinación, solidaridad y protección del equipo son esenciales para que éste funcione. Que se sostengan en el tiempo no sólo es responsabilidad de un coordinador, jefe o directivo. El equipo mismo debe cuidar dichos valores que lo hacen atractivo de pertenecer. Dejar la responsabilidad de ello en manos de un mando mediocre no es un buen negocio. Por lo tanto, el reto del equipo es cuidarse y creérselo. Confiar, dialogar, comunicarse y gestionar los conflictos antes de que sean irreconciliables.

Formar un verdadero equipo cohesionado no es sencillo y lleva su tiempo. Quienes hemos experimentado esto lo sabemos de sobra; lo hemos sufrido. Hay que gestionar egos, diversidades culturales, la educación que se tenga o no, la actividad, los miedos, las envidias y un montón de factores intrínsecos de las personas que se pueden potenciar, en lo colectivo, cuando no existe el principio de autoridad del que, por ejemplo, nos habla el psicólogo social Robert Cialdini a la hora de persuadir.

Pero hay otro tema que pocas veces se menciona: la autocomplacencia del grupo. Esa satisfacción, placer y contento que resulta de cierto “autocuidado” de un grupo cuando se siente atacado por una amenaza real o imaginaria. En la mayoría de los casos suelo experimentarlo cuando realizo role playings en las formaciones; sobre todo en ventas o atención al cliente. A la hora de dar feedback constructivo, y luego de explicar cómo hacerlo, las personas se focalizan en todo lo bien lo que han hecho los compañeros.

Cuando esto ocurre, no hay crecimiento ni evolución. Aquí sí que la responsabilidad de un buen gestor, un buen líder es esencial para que no existan o se generen grietas. Armar un equipo de trabajo no es una tarea sencilla; mantenerlo, es aún más complejo. En el constante equilibrio está la clave. Independientemente del liderazgo, son los propios integrantes quienes deben comprometerse. Ya lo decía Alfredo Di Stéfano: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”. Complejo y apasionante.

¡Hola! ¿Cómo puedo ayudarte?