“Si alguien entregara tu cuerpo al primero que pasase, te pondrías furioso. Sin embargo, ¿no te da vergüenza entregar tu mente a cualquiera, de modo que, si te insulta, esta caiga presa de la angustia y la confusión?” En su Manual del Estoicismo, el filósofo estoico Epicteto, nos introduce en la reflexión sobre los propios valores, actitudes y elecciones vitales. Quienes tenemos la enorme responsabilidad de formar personas, nos encontramos en medio de nuestros valores y la educación del otro.

Enfrentar a un auditorio o sala de formación, no es tarea menor. Los procedimientos, procesos o programas establecidos no pueden ser rígidos, inmutables, carentes de empatía. Cuando un formador se rige escrupulosamente por éstos, sale el burócrata que no asume riesgos, que no se entrega en cuerpo y alma a una de las profesiones más hermosas, apasionadas y satisfactorias que puedan existir: aportar en el desarrollo de las personas. Desde la humildad, firmeza, criterio y pedagogía, se educa.

Nunca una formación es igual a otra. Incluso cuando nos encontramos en una misma empresa y hay que formar a decenas de trabajadores. Cada grupo debe ser escogido de forma criteriosa. En cada grupo nos encontraremos con lo heterogéneo del ser humano. Observar la comunicación verbal, no verbal o emocional de cada asistente nos prepara para buscar equilibrios en la enseñanza, respetando y empatizando las características de cada uno; sabiendo exigir también la búsqueda de la excelencia.

La formación requiere saber navegar los mares de la incertidumbre. Comprender que, abrir el camino de la seguridad psicológica, dentro de la sala, es esencial para lograr que las personas confíen, se expresen con libertad y no se autocensuren. La educación en valores es innegociable en la responsabilidad del formar. Liderar con esos valores nos permite obtener resultados y hacer crecer a las personas. El formador no puede (no debe) dejar que su ego entre en la sala. Los protagonistas son los participantes.

Timothy Clark nos recuerda: “La gente nace curiosa, así que el objetivo es ayudarles a mantener la curiosidad. Cualquier forma de ridículo es un bozal intelectual que cierra el paso a la innovación”. Un espacio formativo debe ser un lugar para crear e innovar. Crear seguridad en el grupo es lograr, en un corto período de tiempo, una confianza de tal envergadura que el juicio, las etiquetas, lo burlesco y los diálogos internos negativos den paso a albergar y aceptar la diversidad de pensamiento. El respeto por el otro.

No debe faltar el humor, la diversión; hacer amenas las sesiones. Reírse de uno mismo. Experimentar y enfrentar nuestro propio espejo. Aceptarnos. Entender la discrepancia asertiva como un necesario estímulo para el crecimiento. Evitar la autocomplacencia del grupo; con ella, no existe un feedback honesto. No hay desarrollo. Cuando me muestro vulnerable ante los demás y no hay juicio, me animo a ser valiente y a contribuir en el proceso formativo. Fluyen la curiosidad y la creatividad. Maduramos emocionalmente.

Permitir el error. Equivocarse. Reflexionar sobre ello. Todo influye para “abrir” el grupo y que la participación sea espontánea, sincera, alegre, ilusionante. Séneca nos recuerda: “Reconozcamos nuestros defectos y procuremos corregirlos. Debemos moldear nuestra alma antes que la endurezca el vicio”. Formar personas es un reto mayúsculo. Nos tienen que gustar las personas. Nos tiene que apasionar la vocación. El dogmatismo de un programa no es excusa para comprender la psicología de cada persona y ayudarla.

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