Como nunca en la historia de la humanidad, hoy por hoy, tenemos el mayor acceso a la información disponible. Más allá de las “noticias falsas”, que se suelen generar y viralizar por intereses manipulados de quienes las promueven, un hecho constatable es que hay tal cantidad de información que se hace imposible digerir todo lo que circula por internet. Cuando una noticia está siendo analizada, aparecen otras tantas que generan inmediatez. El exceso de información genera desinformación.

Sea un tema político, una enfermedad viral, la economía o una catástrofe. Da lo mismo. En los periódicos o en las redes sociales, un tema devora a otro con una velocidad que está propiciando un fenómeno que no es nuevo pero que sí es preocupante: acostumbrarnos a que situaciones que no deberían ser normales, se “normalicen”. Lo mismo está ocurriendo en las empresas cuando nos enfrentamos a una formación o consultoría: se quieren resultados para mañana mismo; no importa cómo.

La era del conocimiento, como muchos autores han denominado a los tiempos que corren, está haciendo que no nos sorprendamos de nada. Mentalmente hablando, no podemos absorber todo y restamos importancia a temas (los que sean) que nos afectan o afectarán en nuestra vida cotidiana. ¿Somos conscientes de que esto puede ir minando lentamente nuestra salud mental? Inconscientemente, vamos camino de tener conversaciones más superficiales para complicarnos menos la vida. ¿Es correcto?

Esto, por supuesto, incluye al mundo de la empresa. ¿Cómo están siendo las tomas de decisiones? ¿Entiende cada departamento cómo le influyen los otros? ¿Hay suficiente comunicación para analizar la gran cantidad de información disponible? ¿Se delega lo suficiente? ¿Existe un compromiso honesto de todos los implicados para aportar soluciones eficaces y eficientes? Como consultor, observo la falta de compromiso global que existe pero que viene dada desde los niveles medios, medios altos.

La preparación intelectual de las personas es clave en según que puestos de responsabilidad. En lo personal y en lo profesional, estamos ante un gran reto en el que nos jugamos, día a día, decisiones claves que pueden afectar (y afectan) no sólo a las organizaciones, los negocios y los stakeholders; detrás, obviamente, hay personas. Cómo se gestione, influirá en la motivación o frustración de nuestros colaboradores pero, qué duda cabe, es necesario mojarse, opinar, actuar, pasar a la acción.

En una de sus memorables viñetas, resumía Mafalda: –“¿Practicas algún deporte de riesgo?”. –“Sí, a veces doy mi opinión”. ¿Nos estamos autocensurando al dar una opinión en nuestras empresas? Siempre ha existido esto. Detrás hay muchos intereses razonables a la hora de verter un comentario que, interpretemos, pueda llegar a perjudicarnos. Esto es tan viejo como la historia de la humanidad pero, en los últimos tiempos, percibo que se ha acusado aún más este miedo.

Sea en el área que sea, es clave crear climas de confianza. Donde la información sea una herramienta bien utilizada y existan mecanismos fiables para que ésta no esté contaminada ni viciada por espurios intereses. Opinar con libertad debe ser un reclamo diario y constante para tener empresas más sanas (¿No es eso lo que pretendemos?). Si no hay seguridad psicológica, ¿cómo lograremos esto? Generar certidumbre para expresarse, mejorará el diálogo y la comunicación ahuyentando miedos varios.

En una columna de “Generación Negroni” (2023, HarperCollins), un homenaje al gran David Gistau, resume David Mejía (Doctor por la Universidad de Columbia y profesor de Humanidades y Filosofía de IE University, aparte de ser columnista en The Objective y colaborar en La Brújula de Onda Cero): “El columnista no tiene la obligación de ser un genio pero sí la obligación de ser incómodo”. En las empresas no se buscan columnistas pero sí que, a través de la buena información y opinión, se “permita” la libre expresión.

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