¿Existe un punto de inflexión consciente en el que las personas comprendemos que nuestra existencia tiene una fecha de caducidad? La tragedia de un ser querido, posiblemente, nos coloca un horizonte mental que antes no existía. Esto no es la norma por lo que, conscientes o no, cada uno de nosotros asimila la muerte bajo un sinfín de interpretaciones. La muerte es la pérdida. Existe un momento en el que, asimilando la muerte, irrumpe el miedo a perder; lo que sea. En la pérdida algo muere.

Erich Fromm nos amplia la visión en El miedo a la libertad: “La entidad básica del proceso social es el individuo, sus deseos y sus temores, su razón y sus pasiones, su disposición para el bien y para el mal. Para entender la dinámica del proceso social tenemos que entender la dinámica de los procesos psicológicos que operan dentro del individuo, del mismo modo que para entender al individuo debemos observarlo en el marco de la cultura que lo moldea”. Nuestra cultura “fabrica” nuestros miedos.

Andrés tiene 76 años y está perdiendo la memoria. Rechaza a todos los cuidadores que su hija Ana intenta contratar. La aceptación no está dentro de su órbita. Andrés no acepta su propia realidad. La complejidad de su personalidad no le permite observarse como una persona que está perdiendo facultades. Hay negación. No sabe de autorregulación emocional y por ello menosprecia a toda persona que quiere ayudarlo. Existe la falta de estabilidad emocional. No hablamos de resignación o conformismo.

Seguramente por qué él no es consciente de lo que ocurre, insulta y desprecia a quien quiere preocuparse por su calidad de vida. ¿Es ego? ¿Es una forma de comprender la vida? ¿Es la educación y/o cultura heredada? La “involución” de una vida que se va apagando nos muestra a un Andrés llorando abrazado a un enfermera, sabedor ¿ahora sí? de su incontestable realidad. José María Pou remueve consciencias en El Padre (Florian Zeller, su autor) durante estos próximos meses de marzo y abril en Madrid.

Una puesta en escena confusa al inicio pero que reclama la más alta atención del espectador para comprender que todos estamos viendo, en el escenario, cómo está funcionando la mente de Andrés. Se pretende la complicidad del público. Una hora y media que fluye para removernos por dentro y dejarnos un miedo nuevo que, según edades o maduraciones varias, no teníamos hasta ahora: la realidad de la vejez. Hay tristeza. Hay sonrisas. La dirección de Josep Maria Mestres nos regala alto teatro.

Nuestra cultura moldea nuestros miedos. Más allá de la pérdida gradual de nuestra memoria, quizá uno de los mayores dramas en vida para quién lo padece y para sus seres queridos, practicar la aceptación (que no resignación) nos ayuda en el crecimiento personal. Es importante reconocer qué nos incomoda; identificar nuestras emociones, sean las que sean; ser conscientes de nuestros diálogos internos negativos, evitando centrarse en ello y practicar la paciencia para una mejor calidad de vida.

El teatro no sólo entretiene. Es cultura; educa. No esa cultura elitista que podríamos imaginar. El teatro despierta consciencias. José María Pou, un “animal” de la actuación, nos introduce en su mente para comprender qué nos puede ocurrir cuando la aceptación no está en nuestro diccionario. Cuando el ego lidera. Elaborado en nuestra consciencia, es una ofrenda que podemos llevar a nuestros lugares de trabajo donde pasamos más de un tercio de cada día. La propia aceptación y la del otro. Sin miedos.

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