En el año 2000, se publicó “La Fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa. Esta novela histórica tiene lugar en la República Dominicana durante lo que se conoció como “La era Trujillo”; durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina (1891-1961) y por espacio de 30 años (1930-1961) hasta su asesinato. Está considerada una de las tiranías más violentas y sangrientas de la historia de Latinoamérica.

Bajo la dirección de Carlos Saura, la adaptación de esta obra se representó, en el Teatro Infanta Isabel (Madrid), durante el pasado mes de septiembre. Todas las medidas de seguridad, en esta era del coronavirus, son bien recibidas para asistir a una escenificación de algo más de noventa minutos de una realidad descarnada sobre un personaje miserable de los pies a la cabeza. La interpretación de Juan Echanove es, sencillamente, magistral. Repugna su personaje como así también los súbditos que lo rodean en las no menos estelares actuaciones de Lucía Quintana (como Urania Cabral), Gabriel Garbisu (el padre de Urania), David Pinilla (Balaguer), Eduardo Velasco (Manuel Alfonso) y Eugenio Vilota (Abbes).

Sobre todo (o porque los tenemos más cercanos), la historia del siglo XX, está llena de nefastos personajes en ambas orillas ideológicas que, en nombre de la superioridad moral otorgada por “su” ser divino de turno, han destrozado sociedades enteras y arruinado países dejando irremediables secuelas en las generaciones siguientes. Leer y comprender la historia nos permite, no sólo no olvidar, sino también comprender cómo hemos ido evolucionando en las libertades ganadas, aunque aún queda mucho camino por recorrer.

La descarnada interpretación del abuso sexual de “El Chivo” sobre Urania, según ella también nos relata en la obra teatral, deja unos últimos 10 minutos de brutal y asquerosa realidad. No sólo algunas personas se levantaron y se fueron de la sala, sino que soportar esa escena es un golpe de realidad sobre lo que millones de personas (sobre todo mujeres en cientos de miles de casos similares) han padecido, incluso con conocimiento y desvergüenza de sus propias familias, en sociedades sin libertad y bajo dictaduras de todos los colores e ideologías.

Si bien no lo había leído (me pondré como obligatorio deber hacerlo), “La Fiesta del Chivo”, es una alarma que nos recuerda la importancia de cuidar las libertades obtenidas gracias a millones de personas que han perdido sus vidas en busca de contar sus verdades. Observar esta obra con la mirada actual, nos devuelve la esperanza de que, aunque más lento de lo que nos gustaría, estamos evolucionando. Hoy, la mirada sobre este tipo de hechos, de hace poco menos de un siglo, causa repugnancia.

También nos muestra el lamentable papel de muchos hombres (género masculino) que por estar y adular al “Benefactor de la patria”, vendieron, nunca mejor dicho, su alma al diablo. Lo más curioso es volver a encontrarse, como en otras situaciones de la historia, con hombres intelectualmente “probos” pero de miserable humanidad. Como vemos, la historia tiene mucho que enseñarnos. Depende de nosotros asimilar esas enseñanzas y ponerlas en práctica. Nuestras libertades individuales están en juego.

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