Para muchos fans (me incluyo), “Exile on Main Street” es el mejor disco de los Rolling Stones. Editado en 1972 y grabado en Francia debido a los problemas que tenían con el fisco, resultó ser el típico disco de garaje. Muchos grupos copiaron esta técnica para sonar “sucios”. Un rock and roll auténtico y puro.

Keith Richards consumía, por esa época, grandes cantidades de drogas y eso hacia que estuviera despierto varios días. Las sesiones de grabación eran de todo menos normales. Letras vinculadas al sexo, las mujeres y las drogas. Un disco que debutó en el nº 1 de las listas en Estados Unidos y el Reino Unido. En 2003 fue votado, en la revista Rolling Stone, como el séptimo álbum de los 500 mejores de toda la historia.

Mick Taylor comentaba que “era raro el día en el que no había más de cuarenta personas a la mesa a la hora del almuerzo, y lo curioso es que eran diferentes cada día. Te levantabas en la mañana, bajabas a desayunar y podrías encontrarte a Anita fumándose un porro sentada en la escalera y a su lado Keith ensayando con la acústica “Sweet Virginia”.

La historia musical está llena de grandes detalles, no siempre limpios. Posiblemente para hacer increíbles discos, el caos global fuera (queriendo o no) el pilar que muchos artistas tendrían como excusa para grabar verdaderas obras de arte.

“Rocks Off” abre el disco y a partir de allí todo fluye hacia ese rock de base. Las guitarras de Richards y Taylor tienen especial protagonismo. Esa joven voz de Jagger y, por supuesto, la batería de Charlie Watts marcando el ritmo de cada canción. Sonidos del sur, rhythm & blues, country y bases de blues. Una magnífica referencia para que las nuevas generaciones entiendan qué es hacer rock.

Vivimos en un mundo imperfecto y lo políticamente correcto no siempre es síntoma de inteligencia ni modernidad ni valores ni nada que parezca lo que “debe ser”, intentando vender verdaderas mentiras. En la historia de la cultura y el arte en general ha habido (y habrá) creatividad que, en muchos casos, son llevadas a los extremos. ¿Implica esto hacer apología de según que temas o cosas? En absoluto. Implica ser conscientes de que dependerá, ese juicio, de los ojos de quién emite sus propias valoraciones.

Adam Smith, nos legó en su obra “La teoría de los sentimientos morales”: “Cuando juzgamos así cualquier sentimiento, en la medida en que sea proporcionado o desproporcionado frente a la causa que lo genera, es prácticamente imposible que recurramos a ninguna otra regla o norma que no sea la emoción correspondiente a nosotros mismos. Si al adoptar el caso en nuestro ánimo vemos que los sentimientos que estimula coinciden y concuerdan con los nuestros, necesariamente los aprobaremos como proporcionados y adecuados a sus objetivos; en caso contrario, necesariamente los desaprobaremos como extravagantes y desproporcionados.

Cada facultad de un ser humano es la medida con la cual juzga la misma facultad en otro. Yo evalúo la vista de usted según mi propia vista, su oído por mi oído, su razón por mi razón, su resentimiento por mi resentimiento, su amor según mi amor. No tengo ni puedo tener otra forma de juzgarlos”.

Corría 1759 y este economista y filósofo escocés ya nos estaba introduciendo en lo que hoy conocemos como inteligencia emocional. Lo políticamente correcto va en contra de nuestras libertades individuales; fomenta el pensamiento único. El respeto por el otro (empatía y asertividad incluidas), nos permite ser nosotros mismos; ver, oír, razonar y amar según un nivel de autoconsciencia y autoconocimiento que nos lleva a aceptar lo distinto, estemos de acuerdo o no. La educación y la cultura, en general, nos revelan el verdadero significado de la libertad. Sesgos al margen, Keith Richards nos está guiñando un ojo.

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