Nunca leí a Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde. Este poeta, escritor y dramaturgo irlandés, nació en Dublín en 1854 y murió en París, un 30 de noviembre de 1900. Por supuesto que conozco sus frases más populares. Siempre he estado atento (no con mucho éxito, todo sea dicho) a ver alguna de sus obras de teatro en directo. Este mes de abril, que va promediando su existencia, mi atención sí cumplió su misión y, el Teatro Auditorio Ciudad de Alcobendas (Madrid), fue testigo de ello.

Todo sea dicho, al vivir cerca, llegué con el tiempo justo. Tanto que, por no revisar la entrada, hice acto de presencia en un teatro de San Sebastián de los Reyes. ¿Lo bueno? Están a un kilómetro de distancia. Fue entrar a la sala, sentarme y se apagaron las luces. En mi interior, me reí de mí mismo. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Acaso no iba a ver una comedia? Oscar Wilde, escribió, en 1895, La importancia de llamarse Ernesto. Las costumbres de la sociedad inglesa de entonces. ¿Distintas de las de ahora?

Bajo la dirección de David Selvas y con un reparto de actores (algunos conocidos, otros no tanto pero de indudable calidad artística) como Pablo Rivero, Silvia Marsó, Ferrán Villajosana, Paula Jornet, Gemma Brió, Albert Triola y Julia Molins, la representación duró una hora y 45 minutos aproximadamente. Entretenida de principio a fin, el toque de musical que tuvo por momentos nos gustó a la mayoría, aunque algunos espectadores (tuve que sufrir a una pareja a mi lado), no lo llevaron nada bien.

Tener a una señora que, a partir de promediar la obra, comenzó con un repetitivo “¡Por favor!”, en clara señal de su inconformidad con la extensión del tiempo o con la parte musical (vaya uno a saber), es, por lo pronto, molesto y una clara evidencia de no saber estar, ser y, por supuesto, de mala educación. ¿Quién no ha ido a un espectáculo que, por el motivo que sea, no le ha gustado? Dos opciones: uno se levanta y se va o, educadamente, se espera hasta el final con argumentos para la disconformidad.

Y aquí radica lo excelso del teatro: que, en este caso, al ser una representación de las costumbres y seriedad de la sociedad, muchas personas, sin saberlo, se ven identificadas o reflejadas en lo que está ocurriendo sobre el escenario. La intolerancia, en la adaptación del guion, es la propia; no la de los que la representan. Eso que podríamos denominar hipocresía social. ¿Acaso esta pareja que tenía a mi lado habrá experimentado ciertos líos amorosos y secretas vidas?

No soy un gran amante de los musicales pero cuando el contexto invita me dejo llevar. Cuando la obra es buena, los actores magníficos y la dirección tiene claro el mensaje, ¿quién es el espectador para ser más papista que el Papa? Si te gusta, disfruta; si no, dale una nueva oportunidad a otra representación pero no es tiempo perdido. Es invertir en la cultura, la educación y la formación de cada uno de nosotros. Algo de lo que, en los tiempos que corren, no vamos muy sobrados.

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