¿Qué diferencia al miedo del terror? ¿La intensidad? ¿La constatación consciente de una realidad que está ocurriendo y que no sólo está en nuestra mente? ¿Compartir vivencias que incrementan el sufrimiento y la ansiedad? Si el miedo es la angustia por un riesgo real o imaginario, ¿es el terror la experiencia propiamente dicha? ¿Puede existir el terror dentro de una familia? Preguntas que rondan el escenario del Teatro María Guerrero, uno de los más hermosos que tiene Madrid, en el barrio de Salesas.

Si bien había leído el libro, ver en directo La casa de Bernarda Alba, es un golpe a la consciencia sin anestesia. Esta obra, escrita en 1936 por Federico García Lorca (1898-1936), es un drama con tantos ingredientes que, analizarla en un artículo se me antoja atrevido. Sobre todo porque trato de vincularla con mi pasión por la formación y la consultoría (como intento hacer siempre que escribo) y de aquí salen temas imposibles de ocultar o callar. El concepto de “creencias limitantes” está más que presente.

El poeta granadino expone una sociedad española de principios del siglo pasado donde se respira machismo, violencia, juicio social, dogmatismos religiosos y temas tabús como el sexo o la misma muerte. Bajo la dirección de Alfredo Sanzol, el elenco de actrices aporta un abanico de registros de alto teatro. La hora y media que dura la obra (con sus tres pequeños intervalos), vuela en la mente del espectador. No hay respiro entre tanto acontecimiento dentro de las escenas familiares y sociales.

Bernarda (sublime Ana Wagener) maneja con puño de hierro la vida de sus cinco hijas: Amelia (Eva Carrera), Adela (Claudia Galán), Magdalena (Belén Landaluce), Angustias (Patricia López Arnaiz) y Martirio (Sara Robisco). Una vez muerto su marido, cual inquisidora, Bernarda Alba, con sus luces y sombras, marcará el destino de constante conflicto, represión, oscuridad y ocultismo dentro de la familia. La aparición (sin aparecer) de Pepe El Romano movilizará una enorme cantidad de emociones.

Con representaciones así, es natural que el María Guerrero sea (junto al Teatro Valle Inclán) sede del Centro Dramático Nacional. Esta obra hace justicia al concepto de dramático. Cuando trabajo las competencias o habilidades que se deben tener dentro de los equipos de trabajo (liderazgo, aprender a decir NO, ser resolutivos, tomar decisiones, la comunicación y varios etcéteras), siempre suelo bucear en las profundidades de cómo ha sido nuestra educación más primaria: la familia.

Ello, en toda su profunda magnitud, marcará el destino adulto de nuestras vidas. El contexto de una casa (que no hogar) como metáfora de nuestra propia alma; conscientes o no, arrastraremos vivencias: el comportamiento social ante la muerte del padre y cómo se debe guardar un luto durante ocho años pasando por la represión sexual plasmada en el suicidio de Adela. Lorca lleva la poesía a un entorno de tensión constante. Lorca, mente disruptiva, lleva la tensión constante al terreno de la poesía.

La representación estática, monótona, blanca (aunque lúgubre) nos recuerda a una cárcel donde todo debe estar más que limpio según órdenes de Bernarda. En un momento me vino a la mente la canción de Arcade Fire, My Body Is A Cage. 88 años después, Adela (Claudia Galán va de menos a más) representa como su cuerpo es una cárcel hasta que toma (por amor, por libertad sexual, por ser ella misma) la decisión que nos mostrará otra represión nuclear: Bernarda pidiendo que se diga que murió virgen.

Hay que aparentar y ello nos lleva a comprender cómo vivimos en un mundo de lo políticamente correcto, castrando ideas, sueños, creatividad o libertad de opinión. ¿Cuánto de esto observamos (si miramos con lupa) en nuestras empresas? El odio y la envidia se incrementan dentro de la familia cuando la asfixia del eterno luto aumentan un control que, como casi siempre, terminará por estallar y afectar a todas. ¿Cuántas veces he escuchado como debilidad el “me gusta tener todo controlado”?

Uno de los grandes problemas a la hora de delegar (confiar en los demás) pasa por “querer hacerlo yo, ya que como lo hago yo, nadie más lo puede o sabe hacer”. ¡Qué gran excusa! ¡Qué autoengaño! ¡Cuánta falta de autoconsciencia! Bernarda nos muestra todo esto pendiente del juicio social y de unas normas culturales no escritas pero implícitas en una vida de la que aún no ha pasado un siglo. La revolución digital que estamos viviendo nos hace creer que hemos evolucionado; lo mental dice otra cosa.

Lorca no dejó detalle librado al azar: hasta el calor reinante contribuye a crear más tensión en un contexto donde el rol de la mujer, la ambición por el dinero a heredar, la lucha por la libertad o la opresión forman parte de una realidad que sigue existiendo en nuestras casas, en nuestras empresas. A la hora de trabajar la inteligencia emocional, nunca una obra nos permitió adentrarnos tanto en nuestro profundo ser para encontrar respuestas sobre quiénes queremos ser y no sobre lo que otros esperan que seamos.

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