Hace exactamente un año, tuve la necesidad de escribir este humilde homenaje a un gran periodista contemporáneo que nos dejó demasiado pronto, huérfanos de su tinta…

Hay personas que son tu familia. Sabes que, por alguna extraña razón, enamoran tus primeras y primitivas emociones. Entonces, todo lo que diga o escriba, automáticamente, dejas que su mundo se fusione con el tuyo y haces uno el criterio, la escucha. Quizá, quienes tuvimos una familia desestructurada, estemos en la eterna búsqueda de personas que admirar. Lo otro, no salió como hubiéramos imaginado y deseado pero, ¡qué más da! Aquí y ahora, eso es pasado.

La vida te enseña a ser pragmático y, pronto comprendes (aunque no lo sabrás hasta tus cuarentas), que ser independiente de acción tiene todo lo complejo, fascinante y excitante que una vida “por cuenta ajena” nunca te dará. Si alguna vez has tenido miedos (que sí), éstos se revelan y te muestran un camino poco transitado. Como nos revelara Leonard Cohen, “sí, tengo fantasmas y no todos están muertos”. Así y todo, en ese andar descubres casi con reverencia a personajes con irreverente personalidad. Al final de cuentas, el mundo se hizo sin pedir permiso.

Tanto da lo mismo mezclar, en una columna política, a los Rolling Stones o AC/DC que a Muhammad Ali con cierta clase mediocre de gobernantes anestesiados intelectualmente que sedan a sus dogmáticos seguidores con los mismos espejitos de colores con los que se engaña a quienes desean ser salvados de obrar por cuenta propia. En el periodismo, hace tiempo que asistimos a pocos líderes que, sean del bando que sean, les prestas atención cuando algo tienen para contar. El resto, navegan sin dirección.

La primera vez que escuché a David Gistau fue con Carlos Alsina en Onda Cero Radio. Las noches de La Brújula eran como una religión agnóstica. Pocas veces un programa de radio estaba tan bellamente estructurado. Contara lo que contara, Alsina hacía magia con el micrófono. Luego, leer a Gistau en El Mundo, ABC y, otra vez, El Mundo. Participó en esRadio (foto de este artículo). En los últimos años, se había convertido en una especie de mano derecha (en las sombras) de Carlos Herrera en la Cadena COPE.

Algún colega recordaba, esta noche de domingo nueve de febrero de este dos mil veinte, una columna que deja los pelos de punta sobre el miedo a no ver crecer a uno de sus hijos (Luca) cuando aún se preguntaba lo que significaba, para un hombre, ser padre…

Y llego a este punto en el que no sé por qué he llegado hasta aquí, hablando de un tipo que no he conocido personalmente pero que siento mi familia. Debemos estar desorbitados para que, ante tanta pérdida y cierto drama, el corazón (ahora sé por qué llegué hasta aquí), dicte estos párrafos en plena admiración para un periodista con mayúsculas que la vida se llevó tan puñeteramente temprano. Un placer, David, formar parte de este viaje hacia ningún lado, hacia todas partes. Sólo deseo que Luca no se enfade con el mundo…

Este pasado jueves cuatro de febrero se publicó «El penúltimo negroni». Con prólogo de Manuel Jabois y selección e introducción de David Lema, recoge los artículos más personales de David Gistau entre 1995 y 2019.

Periodismo y más allá…

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