Este artículo va sobre la Fórmula 1 y sobre la vida misma. Este pasado domingo, Max Verstappen se proclamó campeón de la máxima categoría del automovilismo mundial. El Gran Circo vio, en este 2021, como un neerlandés (el primero en la historia) sumaba más puntos que Lewis Hamilton, su gran rival, en una de las carreras más emocionantes, polémicas y apasionantes de los últimos tiempos. Tuvo todo lo que un final épico requiere. Tuvo todo lo que una película comercial necesita para triunfar.

Simplificar la “suerte” de Max durante la última vuelta es tan injusto como no reconocer lo hecho a lo largo de toda la temporada. Con Lewis, mostraron una rivalidad como hacía tiempo no se veía. Quizá, la última, nos retrotrae al duelo entre Michael Schumacher y Fernando Alonso durante el primer lustro de este milenio. Quienes seguimos la F1 desde hace muchos años, asistimos a carreras o temporadas difíciles de digerir u otras eléctricas. Sea como sea, siempre se aprende algo más sobre estrategia.

Como la vida misma, hay personas y grupos de personas (pilotos y equipos), que salen a competir, a buscar la excelencia, a dar todo sin reservas. Hablamos de un deporte que tiene toda la tecnología que se puede tener y unos presupuestos brutales; quizá no tanto para según qué equipos cuando hablamos de la elite. Existe rivalidad, frustraciones, alegrías, sin sabores y un sinfín de emociones primarias que, en ocasiones, es complejo esconder. Hay mucho ego. Hay mucho que ganar. Hay mucho que perder.

Creer que el Gran Circo escapa a la realidad de la vida diaria es hacerse trampas al solitario. Todos buscamos nuestra mejor versión: a veces lo logramos y otras sentimos dar pasos hacia atrás. En lo personal y en lo laboral. El trabajo en equipo que ha realizado Checo Pérez es de una enorme generosidad y profesionalidad. El mexicano es uno de los grandes de la F1 (aún sin haber ganado títulos) por todo lo demostrado. Valtteri Bottas, todo sea dicho, no ha estado a la altura de lo esperado.

La foto que acompaña este artículo (tomada de la web oficial de la F1) nos muestra la importancia del apoyo y la cercanía entre padre (Jos) e hijo. ¡Cuánto hace falta, ante tanta presión, el afecto familiar! Ante tanta exigencia y estrés, observamos la importancia de encontrar ese equilibrio, ese consejo, esa mirada cómplice o palabra de consuelo. Como sea, el deporte de alto rendimiento, nos vuelve a mostrar que, detrás de tanta inversión, mecánica o tecnología, las personas seguimos marcando el rumbo.

Faltaban 5.281 metros para recorrer la última vuelta (de 58) al circuito de Abu Dhabi. Un minuto y 26 segundos escasos. La tensión era máxima. La emoción contagiaba. Cuando Max superó a Lewis, todos sabíamos que comenzaba un nuevo cambio de tendencia. Como cuando Fernando doblegó al gran Michael. Son estos momentos deportivos que, salvando las distancias, nos recuerdan que, hasta el último minuto, no hay que rendirse. Nunca hay que rendirse. Es bueno que lo recordemos en estos tiempos convulsos.

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