Hay actuaciones que marcan un antes y un después. Las tablas de un escenario nunca mienten y ponen a cada actor en su lugar. Cuando una obra se pasa volando y el deseo es que no acabe, estamos ante una dirección potente, un texto sublime y unos actores soberbios. Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920-2010) publicó la novela Las guerras de nuestros antepasados en 1975. Claudio Enrique Tolcachir (Buenos Aires, 1975) dirige esta obra, hasta el próximo domingo 28 de julio, en el Teatro Bellas Artes de Madrid.

Delibes reivindica la cultura rural de nuestro país. Pacífico Pérez es un personaje con la peculiaridad de lo campestre. Su lenguaje, su comunicación no verbal y emocional son la descripción perfecta de lo campestre. Por momentos, su ingenuidad y su practicidad. Por momentos, cuerdo y lunático. Por momentos, enérgico, violento, sensible. El 25 de marzo de 1961 ingresó en el sanatorio penitenciario de Navafría y será el doctor Burgueño quien pregunte y saque a pasear las personalidades que arrastra Pacífico.

“Mi abuela tenía un gato con el culo de trapo y las orejas de papel”, canta nuestro protagonista absorbido por su propia nostalgia interior cual niño añorado por el adulto. No lo había visto nunca en teatro y, con mi querida amiga Judit, nos miramos emocionados de observar a un Carmelo Gómez Celada (León, 1962) descomunal; un animal del escenario que pone en su lugar, tiempo y forma a Pacífico. Muy pocas veces he visto tamaña representación de un actor con mayúsculas y detalles de grandeza.

Miguel Hermoso Arnao (Madrid, 1971) acompaña con precisión quirúrgica una actuación que guía, entre las preguntas a Pacífico y el relato al espectador, lo que ocurre en esta historia que busca interpelar la cultura del campo mientras resuenan las palabras del escritor vallisoletano: “Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble”. ¿Qué pensaría, 14 años después de su muerte, uno de nuestros insignes novelistas?

Recorrer los pueblos perdidos de la España toda nos pone en un sitio incómodo de lo que se ve pero no se quiere observar. La violencia heredada de la guerra que se huele y percibe en cada rincón y, al mismo tiempo, clama por la paz y el descanso de quienes la han sufrido; hayan sido del bando que hayan sido. Se respeta a los muertos pero también la desolación de quienes la han padecido. Delibes defendió la no violencia como camino de vida y nunca será suficiente que recordemos estos hechos.

Hace unos 20 años, mi ignorancia y desubicación me llevó a preguntarle, sobre la guerra y su padecimiento, a un hombre de unos 80 años. La mirada fulminante de un familiar me enseño mucho más que cualquier palabra. Estábamos de visita en un pueblo de la provincia de Guadalajara. En ocasiones, nos creemos con derecho divino a hablar y reflotar temas que han causado dolor en el alma que sólo se cura con la pérdida de la consciencia para quien ha pasado por semejante trauma. El resto, no sabemos nada.

El teatro no suple la lectura de un libro; lo complementa. Aporta matices que enriquecen al lector, al espectador. Nos aporta perspectiva y amplía el campo visual de la cultura de un país o de una región. La adaptación teatral de Eduardo Galán hace el resto con alto vuelo, con magistral calidad. Los “hombres” de la familia querían que Pacífico fuera un buen soldado. Él, cantaba eso de ”el pollito a la cazuela” y no dejaba de mostrar las secuelas de la obsesión del Abue, el Bisa y Padre por sus guerras.

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