Es necesario que exista la figura de un líder como la de un jefe. Con muy buenas virtudes y habilidades, una empresa necesita jefes que gestionen, sin más, a los trabajadores. ¿Es obligatorio que trasciendan a líderes? Desde mi punto de vista, no. Convertir en moda el concepto de liderazgo hace un flaco favor a quienes, de forma natural, gestionan equipos (en todas sus vertientes). Un jefe puede ganarse el respeto de su gente sin aspirar a una evolución que, quizá, no sea necesaria.

Después de tantas lecturas, tanta formación pero, sobre todo, tanto terreno pisado y experimentado, sostengo que un líder no elige serlo. A un líder, lo eligen. ¿Se es líder por llevar mucho tiempo en un equipo? ¿Se es líder por elección de la dirección? ¿Se es líder por haber cursado un máster? ¿Se es líder por votación? No, no, no y no. La persona se puede formar en habilidades, adquirir unos hábitos y tener valores pero eso no garantiza nada; entre otras cosas porque hay que ver la cultura de una organización.

Por lo tanto, desde mi criterio, unas empresas, de acuerdo a sus características (y cada una tiene las suyas; lo que vale en una puede no valer en otra), pueden tener jefes y pueden tener líderes. La estructura misma “guiará” dicho camino. Sí creo que, en ambos casos, se debe desarrollar o trabajar una personalidad bajo el principio de la autoridad (que no autoritarismo) y en forma de pregunta: ¿ser amado o temido? Para ello, voy a pedir ayuda a Nicolás Maquiavelo y su obra más popular: El Príncipe.

Publicada en 1532, en su capítulo XVII, De la clemencia y de la severidad, y si vale más ser amado que ser temido, nos adentra en este milenario debate: “Su obligación es proceder moderadamente, con prudencia y aun con humanidad, sin que mucha confianza le haga impróvido, y mucha desconfianza le convierta en un hombre insufrible. Y aquí se presenta la cuestión de saber si vale más ser temido que amado”. Como vamos observando, lo maquiavélico (popularmente hablando) no es peyorativo.

Continua el florentino: “Respondo que convendría ser una y otra cosa juntamente pero que, dada la dificultad de este juego simultáneo, y la necesidad de carecer de uno o de otro de ambos beneficios, el partido más seguro es ser temido antes que amado”. Tengo dos ediciones de esta obra. Una de ellas, tiene anotaciones de Napoleón. Sin desperdicio, a esta última frase de Maquiavelo, el emperador francés, apuntó: “Me basta con uno de estos dos beneficios”. A buen entendedor…

Para lo que nos importa en este artículo, cierra el diplomático italiano: “Hablando in genere, puede decirse que los hombres son ingratos, volubles, disimulados, huidores de peligros y ansiosos de ganancias. Mientras les hacemos bien y necesitan de nosotros, nos ofrecen sangre, caudal, vida e hijos pero se rebelan cuando ya no le somos útiles. El príncipe que ha confiado en ellos, se halla destituido de todos los apoyos preparatorios, y decae, pues las amistades que se adquieren, no con la nobleza y la grandeza del alma, sino con el dinero, no son de provecho alguno en los tiempos difíciles y penosos, por mucho que se las haya merecido”.

Si bien vivimos en una época donde la inteligencia emocional, lentamente, está haciendo acto de presencia en la autoconsciencia y autoconocimiento de las personas, lejos estamos aún de confiar plenamente en el “alma” humana. Por ello, “Los hombres se atreven más a ofender al que se hace amar que al que se hace temer…”. No por nada, el psicólogo Robert Cialdini, nos habla de la autoridad como uno de los principios de persuasión más importantes. Ser amado o temido; en el equilibrio está la respuesta.

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