Inglaterra. Londres. All England Lawn Tennis and Croquet Club. Wimbledon 2008. Uno de los “cuatro grandes” torneos de tenis del circuito. Domingo 06 de julio. Final individual masculina. Roger Federer (número uno del mundo). Rafael Nadal (número dos). Cuatro horas y 48 minutos de juego. Victoria del español: 6-4, 6-4, 6-7 (5-7), 6-7 (8-10) y 9-7. El partido del siglo. Está considerado el mejor partido de tenis de toda la historia. Rafa y Roger son amigos, adversarios, caballeros, elegantes, únicos.

Uno es zurdo y potente. El otro tiene una derecha de las más elegantes de la historia. Ambos tienen una más que especial capacidad, habilidad y experiencia de brindar partidos memorables; de entrega, de competitividad, de superación. Cuando Roger dominaba el circuito sin contemplaciones, apareció Rafa y tuvo que “reinventarse”. Rafa sacó de su zona de confort a Roger y, éste, comenzó a experimentar límites que hasta ese momento no sabía que existían. Entre ambos, se han hecho mejores jugadores.

Como deporte individual, el tenis pone al jugador delante de su propio espejo. Cada bola es una toma de decisión en sí misma. Tienes que resolver el problema por ti mismo. La focalización no está en el adversario; está en tu propia mente. Compites contra tu propia cabeza. Hay muchas personas que la palabra “competitividad” la ven como algo malo, que deshumaniza a la persona, al profesional. Rafa y Roger, como otros miles de deportistas, han demostrado que eso no tiene porque ser así.

En el imaginario de muchas personas, ciertas películas, historias de según que personajes y algunos discursos huecos de profundidad, han hecho creer que ser competitivos no está vinculado a tener valores. Nada más lejos de la realidad. Rafa y Roger, han tenido que esforzase muchísimo (¡pero muchísimo!) para llegar a donde están y, no me equivoco si afirmo, que su mayor satisfacción pasa por el reconocimiento de la persona antes que del profesional. Han tenido una sólida educación en valores.

Cuando, en alguna ocasión, le han preguntado a Rafa sobre la seguridad en su juego, el de Manacor, ha sido humilde: “Las dudas son buenas”. Roger, de joven, tenía un carácter que sorprendería a muchos pero ha sabido trabajarlo. Mejorar como razón de vida. ¿En cuántas ocasiones hemos visto a personas que admiramos y nos decimos a nosotros mismos lo bueno que sería tener esa mentalidad? ¿Por qué no logramos ir más allá de lo que habitualmente hacemos? ¿Qué dice nuestro diálogo interno? ¿Tenemos fortaleza mental? Ellos, sí.

Escribió Toni Nadal (tío y exentrenador de Rafa): “Rafael, buena cara. Cuando él llegaba a entrenar, yo siempre le decía, “buena cara”. ¿Por qué? Porque es imposible aprender, mejorar, hacer nada bien… es imposible cuando tú no pones una buena cara”. ¿Cuál es nuestra cara ante cada nuevo día? ¿En serio la culpa siempre está puesta en otras personas o circunstancias de las que lamentamos estén ahí? ¿Y el compromiso con nosotros mismos? ¿Hasta qué punto renunciamos a ser nosotros mismos?

“¡Rafael, buena cara!”. Siempre buena cara. Es una interesante forma de comenzar e interpretar cada día.

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