Nuestros antepasados tenían “tiempo”. Disfrutaban de sus amigos, los compañeros, la familia, las cosas sencillas de la vida. Cada uno a su manera. La gente, a priori, era más feliz. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque no se comprometían con todos y con todo. No hacía falta saber decir que no. No había tanto de donde elegir. El mundo era tu barrio, tu pueblo. Por supuesto que había problemas pero todo el mundo estaba involucrado en las cosas del día a día y se le daba mucho valor al tiempo disponible.

Un día, nunca lo supimos pero ese día “desapareció el tiempo” y hoy lo percibimos en toda su magnitud; un día, el mundo pasó a ser el planeta entero. Literal. Hoy entra por la pantalla de nuestra TV, del ordenador, del móvil. Hoy estamos sobre estimulados. De todo. Creemos que controlamos lo que consumimos (alimentos, ropa, vehículos, ocio, etc.) y nada más lejos de la realidad. Bienvenidos pero, en serio, a la globalización. Entonces, no tenemos tiempo. Queremos hacer todo ya y el día sigue teniendo 24 horas.

Vivimos en una época donde se le da un valor brutal al tiempo que no se tiene. En el trabajo, con los amigos, con la familia, con el ocio. Ese tiempo del que tanto nos quejamos que no tenemos para ser felices pero que dilapidamos en otras cosas. Existe una noticia relevante: ese tiempo, lo decides tú. Cuando deseas más tiempo para todo lo que te gustaría, estás “perdiendo” tu tiempo. La adicción a la falta de tiempo se ve traducida en el concepto de calidad que cada uno damos al tiempo.

En ocasiones puede tener que ver con ciertos hábitos que hemos ido adquiriendo sin darnos cuenta y arrastrados por las corrientes de las redes sociales, internet y temas que realmente no nos aportan y desvían la atención de lo que es importante para cada uno de nosotros y, qué duda cabe, crucial para nuestras relaciones interpersonales. ¿Es necesario mirar todo el tiempo series? ¿Es necesario querer “evadirse” viendo la vida de otros? ¿Es necesario dejar de “comunicarnos” con las personas que más queremos?

Hay que ser conscientes de nuestras emociones; de cómo las gestionamos. Aprender a observarnos. A comprendernos. A respetarnos. A aceptarnos. Quizá sea el mejor regalo que nos podemos hacer para comprender que, estar pendientes del tiempo, es una pérdida de tiempo. Hablar sobre el tiempo que no tienes es el futuro de tu propia nostalgia. Nos legó Takuan Sôhô (monje Zen, 1573-1645): “Si sigues al mundo de hoy, le darás la espalda al Camino; si no le das la espalda al Camino, no sigas al mundo”.

En algún otro artículo hablé sobre el maravilloso libro “Zen en el arte del tiro con arco” (2012) de Eugen Herrigel que me regaló mi querida amiga Ana María. En él, este filósofo alemán que estuvo seis años (de voluntario) como discípulo de un famoso arquero japonés, nos advierte: “La manera japonesa de pensar es completamente opuesta a la del europeo. Para él, todo esto es incomprensible. Para aceptar el pensamiento japonés, debemos revisar completamente nuestros propios conceptos”. ¿El tiempo entre ellos?

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