Conocer a una leyenda viva y no tratarla, nos lleva a observar sus actos. Qué dice, qué hace, cómo actúa. El cuerpo no miente; habla mucho más de lo que creemos. Podemos intentar agraciar un par de veces pero pasados largos instantes, aparece nuestra naturaleza desnuda. Somos quienes somos. Si encima, esa leyenda, no pretende ser mediática, nos aporta más datos de verla como un ejemplo, sobre todo si hablamos en lo deportivo donde miles de niños buscarán un espejo. En el fondo, un niño, no es más que un sabio que se está formando y sabe distinguir los valores que su ídolo propone. Un niño, una niña, no saben el significado de la maldad.

El 20 de mayo de 1981, la localidad madrileña de Móstoles, vio nacer a Iker Casillas Fernández. El uno de mayo de 2019, un infarto de miocardio le dio una señal de vida. Una vida deportiva de un hombre que lo ha ganado absolutamente todo. Una vida personal que, quienes lo conocen y predican su palabra, nos habla de un chico humilde, sencillo; líder silencioso. Este pasado verano (el cuatro de agosto para ser más exactos), Iker anunció su retirada. En medio de las vacaciones, la crisis del coronavirus y revuelos varios políticos y sociales de nuestro país. No había que hacer tanto ruido. Con ese orgullo de haber sido uno de los grandes y eternos capitanes del Real Madrid (club que gusta mostrar orgulloso su historia) y la selección española, se nos escapó una lágrima de sabia nostalgia por un tipo ganador y sencillo a la vez.

Aquellos que reprueban que ser competitivo no está ligado a los valores, deberían recordar aquel domingo uno de julio de 2012. Estadio Olímpico de Kiev (Ucrania). Final de la Eurocopa. España le estaba dando un baño en toda regla a Italia: cuatro a cero. “Respeto por el rival. Respeto por Italia”, le pidió Iker al árbitro, mientras se jugaba un tiempo de descuento innecesario. Un ejemplo de muchos.

Han pasado unos meses de la retirada de un gran deportista y persona (coherencia con uno mismo; madurez). A Iker Casillas le va muy bien esa elección moral zoroastrista que se resume en la conocida frase: “Buenos pensamientos, buenas palabras, buenas acciones”.

Nuestro país nos está dando, en las últimas décadas, sobrados ejemplos en el deporte, las artes, la música, la escritura y otras formas de cultura, claros ejemplos de valores. Es necesario que no los olvidemos. Es deseable que sigamos, como sociedad, esos pensamientos, palabras y actos que nos harán mejores personas.

Vivimos en una era marcada por la tiranía de la inmediatez. Las noticias y las redes sociales aceleran frenéticamente el tiempo. El fútbol suele ser un experimento sociológico; un termómetro de la realidad. Nadie sabe tanto ni con tanta exactitud como un aficionado que va al campo a alentar a su equipo de fútbol de toda la vida. Hoy, sin público en las gradas, seguro que a más de un seguidor del deporte rey le viene a la mente ese chaval que despuntó en el Real Madrid y la Selección Española; pero, sobre todo, a quien nos legó un comportamiento que, en una palabra, podemos definir como elegante. La elegancia de la sencillez.

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