Dave tiene 11 años cuando está jugando con dos amigos al jockey en una de las calles del barrio irlandés de Boston (EE.UU.). De repente, uno de ellos les plantea escribir sus nombres sobre el cemento fresco en una de las aceras que están arreglando. Dave es el último en escribir cuando llega un vehículo con dos hombres que se hacen pasar por policías e intimidan a los tres niños. Atemorizados por el hombre que se ha bajado del coche, Dave es obligado a subir.

El miedo y la incredulidad han paralizado a Jimmy y Sean, mientras observan como se aleja el vehículo y Dave los observa desde el asiento trasero. La impotencia reina durante unos eternos segundos. Sin saberlo, el infierno comenzará para ellos. El futuro ya se ha hecho presente. Dave será encerrado y abusado sexualmente. Después de cuatro días, lo sueltan y reaparece. Las imágenes de esos dos hombres nunca desaparecerán de su mente. Lo intentará y formará su familia. Dave ya no es Dave.

Estamos ante una de las situaciones más aberrantes por las que pueda pasar una persona y, sobre todo, a muy temprana edad. Los años irán pasando y los recuerdos serán cada vez más difusos pero no el dolor de una inmensa herida que jamás cicatrizará. Clint Eastwood ha dirigido uno de los dramas más potentes de su vida en Mystic River (2003). ¿Los protagonistas? Sean Penn (Jimmy), Kevin Bacon (Sean) y Tim Robbins (Dave). En su vida adulta, los personajes se volverán a entrecruzar.

Cada uno lleva un presente a cuestas que, de una u otra forma, los vincula y afecta. Un eterno río de recuerdos en los que subyace la bisagra que fue aquel día en el que se llevaron a Dave. Los recuerdos adultos intentarán comprender la vivencia infantil. ¿Es posible racionalizar aquella experiencia? ¿Pueden empatizar, ya de adultos, lo vivido por Dave? El núcleo de la historia, sobre todo a partir del asesinato de la hija de Jimmy, nos muestra cómo, 25 años después, las heridas pueden volver a abrirse.

El drama que nos plantea Eastwood (película ganadora de dos Óscar) puede estar presente en la vida de cualquier persona que nos rodee. Sin llegar a ciertos extremos nos vinculamos o conocemos personas que han pasado por vivencias traumáticas en sus primeros largos años de vida. Allí donde es imposible comprender la maldad humana. Y, sin embargo, sigue ocurriendo. Sea en la sociedad que sea. Todos hemos conocido, conocemos o conoceremos historias oscuras que hielan la sangre.

En mi trabajo como formador y consultor especializado en trabajar habilidades profesionales, generar seguridad psicológica es elemental para abrir la puerta de la confianza, complicidad y confidencia del otro. En un porcentaje pequeño suelo escuchar historias personales muy complejas cuando me cuentan cómo se han sentido identificados a raíz de algún tema trabajado en la sala. Aquí, la escucha activa, el “estar presente” con la persona y la humildad son capitales para comprender sin juzgar.

Estamos en una época significativa para trabajar las emociones, identificarlas y saber poner nombre a aquello que nos ha lastimado. Tenga el calado que tenga, cada historia es única e intransferible. No se trata de quién ha sufrido más. Hace unas semanas, trabajando la identificación de las emociones y los miedos para una formación de oratoria y presentaciones eficaces, salió el tema de los abrazos y cuánto hace que no damos un buen abrazo; de más de seis segundos. Son momentos complejos.

Mientras el silencio reinó por unos segundos, invité a que quién quisiera contar algo sobre ello, lo hiciera. Por supuesto, debo respetar y respeto la sensibilidad de estos instantes y, si nadie aporta nada en cinco segundos, continuo con el tema con delicadeza. Ocurrió que una mujer rompió ese silencio y me pidió si me podía dar un abrazo. Fueron unos 15 segundos y ella se aferró muchísimo a mí con su abrazo. Una situación a la que, como profesional, debo estar preparado cuando estimulo esto.

No todas las personas presentes reaccionaron de la misma forma y abrí un pequeño espacio para expresar las emociones del momento. Incluso quienes se estaban mostrando más “cerrados” a su emocionalidad, se permitieron aportar. Fue un momento mágico y revelador para todos y la seguridad psicológica hizo acto de presencia. Hay una historia detrás de cada persona. Hay una razón por la cual, cada persona, es como es. Piensa esto antes de juzgar a nadie.

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