1993. Un mundo perfecto (A Perfect World). Dirige Clint Eastwood. Principales protagonistas: Kevin Costner (Robert “Butch” Haynes), T.J. Lowther (Philip “Buzz” Perry, el niño de ocho años), Clint Eastwood (Chief “Red” Garnett) y Laura Dern (Sally Gerber), entre otros. Poco más de dos horas de duración y con el guion de John Lee Hancock. Película ambientada en Texas (EE.UU.). Año 1963. Butch es un peligroso asesino que se escapa de la cárcel y, en su recorrido, toma como rehén al niño Philip.

Podría contar que Butch se escapa con otro preso y que entre ellos no se soportan hasta que nuestro protagonista decide acabar con él. Podría contar que la madre de Philip, escudada en una familia con su dogmatismo religioso, no permite al niño hacer lo que otros sí hacen. Podría contar que estamos en una época muy tradicional y conservadora de la “América profunda”. Todo ello es verdad como también lo es que Red y Sally irán tras ellos tratando de comprender la mentalidad de Butch y sus decisiones.

Si nos quedamos en esto, sería una película sin más y con un desenlace esperado. Y no por ello, la mano de Clint Eastwood como director, nos muestra su gran madurez en ese oficio. La aventura que se genera con la huida, como núcleo de la historia, deja paso a profundizar en lo intrínseco de cada personaje. Como Butch le cuenta a Buzz que van a ir a Alaska por una foto de su padre al que nunca conoció y quiere saber de él. Como Buzz le cuenta a Butch que nunca comió algodón de azúcar.

La tensión de la historia se ve, a medida que esta evoluciona, envuelta en una relación emocional entre fugitivo y rehén. La confianza crece y los secretos se abren en un vínculo que hace tomar partido sabiendo, de todas formas, que dicha historia concluirá como sólo puede acabar. Y, así y todo, esperas que se vayan a los confines del mundo y que, cual padre e hijo, vivan una relación idílica sabiendo que ello no va a ocurrir. Es imposible que pase pero Eastwood se las ingenia para tenernos atrapados.

Más allá de la “superficie” de la historia, la libertad subyace como elemento nuclear entre ambos personajes. No se justifica, en este artículo, a Butch, sus asesinatos, el haber escapado de la cárcel y tomar como rehén a un niño; qué duda cabe. La libertad aparece como el resultado de los deseos más ocultos de un adulto (y también de un niño) por pertenecer a un sistema dentro de subsistemas que no les permiten llevar a cabo sueños tan simples pero contradictorios dadas las características de la historia.

Alaska y el algodón de azúcar como expresiones de deseos. La carretera, infinita, como símbolo de esa libertad que se ve ampliada más allá del horizonte. Un sistema que limita. La división de pensamientos entre unos policías que empatizan y otros rígidos con la ley. No porque haya que perdonar a Butch y dejarlo huir. Sí porque el sueño inconcluso de la libertad humana está plagado de tantas barreras que una cinta nos propone pensar críticamente sobre nuestras libertades individuales, por supuesto, sin coartar la de otros.

¡Hola! ¿Cómo puedo ayudarte?