Dicen que a medida que vamos tomando decisiones, nuestro yo interno se va modificando de tal forma que, una vez transcurrido cierto tiempo, no reconoceríamos a la persona que fuimos y, sobre todo, qué nos llevó a tomar ciertas decisiones de complejo calado. Allí, donde nos encontramos solos. Podemos estar rodeados de muchas y bellas personas pero, en el instante clave de decidir, estamos solos. Para lo bueno y para lo malo, es nuestro diálogo interior el que nos irá marcando para siempre.

Irremediablemente, la muerte de la persona que nos trajo a este mundo remueve vivencias. La mente es sabia y, como por arte de magia, afloran los recuerdos potentes y con una visión siempre positiva. ¿Siempre es positiva? Creo que no. ¿Y que influye para que lo sea? El contexto en el que te has criado marcará enormemente la seguridad propia pero las experiencias vividas aún más. ¿Éstas son las propias? A temprana edad uno no lo puede saber. Sí se puede comprender que ayudar a otros dará respuestas.

David Gistau (1970-2020) fue uno de los periodistas que más me marcaron en los últimos 20 años. A través de él, conocí a Jorge Bustos (Madrid, 1982). El actual subdirector del diario El Mundo, acaba de publicar Casi, una crónica del desamparo (Libros del Asteroide). Lo acabo de empezar a leer y hay dos cuestiones significativas según avanzo el prefacio: saber que, en pleno corazón de Madrid, existe el centro de acogida de personas sin hogar más antiguo y grande de España.

La segunda: unas trescientas personas duermen, comen, en ocasiones hablan y a diario sobreviven, luego de pasar (o mientras está ocurriendo) accidentes, adicciones o enfermedades mentales, entre otras. Pero lo más llamativo es que los trabajadores del centro los llaman “usuarios”. El sector sanitario todo debe revisar su papel y cómo piensa y se comunica con las personas que necesitan “curarse”; sea física, mental o espiritualmente. Por conocidos y por trabajo, sé muy bien su casuística.

El Centro de Acogida San Isidro (Casi) podría ser perfectamente la excusa para ver eso que muchas veces no se quiere contemplar: el basto océano interior carente de un propósito de vida. Éste no es la superficie del iceberg. Y, sin embargo, la vida frívola no permite acometer semejante cruzada con uno mismo. Al infierno propio no se baja. Se lo oculta hasta que la vida nos da una terrible experiencia y nos obliga a hacerlo. No todo el mundo, entonces, querrá hacerlo. Y no vale aquello de que “no puedo”.

Según relata Bustos, a la hora de no querer mirar según qué cosas de nuestra vida, “Como un eco de la recomendación de Strindberg que nos invita a mirar precisamente allí de donde es normal retirar la mirada”. No sólo no queremos ver al “usuario”; éste nos devuelve, como un espejo lapidario, nuestros propios miedos, nuestras propias vergüenzas. La propia condición humana lejos de los espejitos de colores de la virtualidad y digitalización que nos proveen una cura incurable de nuestra alma.

Y entonces surge el planteo de qué necesitamos para vivir con paz interior más allá de los dolores profundos que la vida nos ha puesto sin quererlo, sin desearlo. Cómo podemos salir de un diálogo interno y eterno centrado en un “ni si quiera puedo explicarlo”. Ni si quiera puedo explicarme cómo me siento para que los demás me comprendan y no soportar lecciones de vida o de moralidad. Quienes hemos vivido complejas experiencias desde que tenemos uso de razón, sabemos que hay respuestas.

He nacido en una esquina del tercer mundo y la curiosidad por comprender que mi vida no podía estar anclada a mi situación particular, me llevó a explorar otros caminos. La lectura y la música como grandes bastiones de una fortaleza mental que, sin saberlo, estaba construyendo. Un buen día, mientras formaba parte de la acción católica de la iglesia del colegio al que fui durante la primaria, nos ofreció la posibilidad de ayudar en un centro de personas con síndrome de Down y otro de personas en exclusión social.

Cuando la adolescencia empieza a entrar en su fase nuclear, introducirse en estos mundos desconocidos y no imaginados, genera una sensación de asco y rechazo. ¿Por qué ocultarlo? Superada esta barrera social, aparece la comprensión sin juicio, la empatía honesta, emocional. Tu mente comienza a mirar el mundo desde otra perspectiva. Las prioridades cambian. Comprendes que cuando ayudas a alguien (no una limosna, si no involucrándote), te ayudas a ti mismo. Tu ego da paso a la humildad.

¿Lección de moral y ética? En absoluto. Sólo la firme constatación que cuando salimos de nosotros mismos y aportamos a los demás, nuestras dolencias del alma adquieren otra visión propia. Construimos una paz interior que nos permite recomponer nuestro esquema mental. Aprender a convivir sanamente con nuestras heridas sabiendo utilizar en toda su magnitud la palabra compasión. Nuestro “lugar mental herido” no se encuentra porque no se busca. Pertenecer a algo superior puede darnos respuestas.

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