Un drama romántico siempre es una buena excusa para prestar atención al encuentro y desencuentro del amor. Según la R.A.E., un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Otra acepción: “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. Existen otras definiciones que se complementan.

Un buen libro, una buena película nos pueden transportar a una situación de ensueño con la persona deseada o imaginada. El amor forma parte de nuestra vida. Dar y recibir afecto es algo natural y buscado por cualquier ser humano. Sea de la forma que sea, todos tenemos esta primitiva manera de relacionarnos. El pasado mes de noviembre de 2023, se estrenó Vidas pasadas (Past Lives); ópera prima (escrita y dirigida) de la cineasta coreano-canadiense, Celine Song (Corea del Sur, 1988).

Con casi una hora y 50 minutos de duración, esta historia transcurre en tres espacios temporales. Nae Young (Greta Lee) y Hae Sung (Teo Yoo) tienen 12 años y son compañeros de colegio; amigos pero con cierta predisposición a gustarse en una sociedad muy cerrada y conservadora, donde son las madres de ambos quienes “autorizan” las citas entre ellos. La familia de Nae emigrará a Canadá y no será hasta unos 12 años después cuando, la curiosidad de las redes sociales, los vuelve a unir.

Nae ya es Nora (nombre que utiliza en su nueva vida en Nueva York) y está estudiando teatro en la ciudad que nunca duerme. La curiosidad y el amor (online) renacen con la intención de volver a verse. Ambos se desvelan por la virtualidad y la diferencia horaria pero, como suele ocurrir cuando el tiempo hace su trabajo, una de las partes decide cortar con una realidad que no tiene sentido y afecta emocionalmente. Doce años después, finalmente, Hae viaja a Nueva York para verse con Nora quien está casada.

Su marido Arthur Zaturansky (John Magaro) acepta y apoya el encuentro comprendiendo las vidas pasadas de Nora y Hae. La visita tiene un sinfín de encuentros y desencuentros pero siempre afectivos. Cada uno retomará su vida con la madurez que la situación (de una vida real) exige. Puede ser una película que gane algún Oscar pero no es un pasteleo al puro estilo superficial y taquillero que podría suponerse. La inmigración, lo que podría haber sido y no fue y el reencuentro, priman en esta historia.

Quizá porque está inspirada en parte de la vida de la directora, tiene una credibilidad que conecta todo el tiempo, siendo una película que discurre a un ritmo lento, con buenos diálogos, silencios, interpretación y complicidad con el espectador. No es una cinta de estos tiempos de fuegos artificiales. Hay amor correspondido pero la distancia y la realidad imponen su juego aunque sea la historia de ellos, que nunca olvidarán y que forma parte de sus propias vidas. Tantos años nunca serán en vano.

El final puede ser el no deseado por el espectador pero nos recuerda lo que implica tomar decisiones o que otros las tomen por nosotros. La vida, incluso en el amor, es un instante que debe ser consciente y vivido como lo que es: la irrepetible idea de un presente que, la gran mayoría de las veces, “tiramos” al pasado para arrepentirnos en el futuro. El amor nos define en el aquí y ahora pero el camino de la vida es tan largo que la distancia (física o mental) también hace su trabajo. Amar y sufrir van de la mano.

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