¿De qué manera lo hacemos consciente? ¿Quiénes somos de verdad? ¿Cuándo aparece, en nuestra mente, el miedo disfrazado de ignorancia? ¿Dónde está esa delgada línea? ¿Por qué reaccionamos como lo hacemos en según que circunstancias? ¿Cómo nos retratamos a nosotros mismos delante de los demás? ¿Para qué? Santiago Requejo se plantea (como director), de forma directa e indirecta, estas preguntas en “Votamos”. Un cortometraje que nos retrata, independientemente del tema expuesto. Dura poco más de 11 minutos y está nominado para los Premios Goya del próximo 12 de febrero. Una junta de vecinos es un escenario ideal para la observación…

Las discusiones objetivas que se pueden plantear en cualquier comunidad, grupo de amigos o espacio laboral, generalmente, tienen que ver con tomar decisiones más o menos acertadas. No siempre llueve a gusto de todos pero, como todo en la vida, quien no toma decisiones, no se equivoca. Una vez escogido el camino, siempre hay alguien que hace una pregunta abierta, potente y que invita a la reflexión. Ésta puede ser ingenua o intencionada. De repente, todo lo que parecía sólido, comienza a tambalearse y donde parecía que no había dudas, hace acto de presencia un arma muy letal en la condición humana: el prejuicio. ¿No estaba todo claro hasta entonces?

Un programa de reinserción social es un concepto más que claro para que la incomodidad se instale en el ambiente. Una persona con problemas de salud mental es alguien que, no sólo genera molestia sino que hace aparecer abruptamente los miedos más primarios de la gente. La contrariedad queda expuesta ahí donde colapsa la comunicación verbal y no verbal de los presentes. La inconciente consciencia. ¿Acaba de salir de la cárcel? ¿Está loco? La ignorancia toma el control de la escena. Comienzan los argumentos más razonables que se puedan exponer mientras las miradas y la postura corporal invitan a comprender que no habrá marcha atrás en el prejuicio.

Hacer un recuento de todas las historias escuchadas (y por escuchar) de una persona con problemas de salud mental podría llevar a la escritura de un libro completo y con un buen grosor de páginas. Por momentos, la agresión verbal (aunque contenida por el contexto) tensa aún más el clima. Lo que un inocente comentario, sobre el alquiler de un piso en la reunión ordinaria de una junta de vecinos, parecía una felicitación hacia el dueño, se transforma en un problema de seguridad para la comunidad. Todo se reconduce cuando una vecina propone votar para “aceptar” al nuevo inquilino. Todos acceden a hacerlo mientras Alberto se mantiene firme en su postura.

La reconducción, en realidad, nos abre otro camino: el del interés económico. Donde se había votado el sí unánime a cambiar un ascensor viejo y en mal estado, se plantea no hacerlo para pagarle el alquiler a Alberto. La aceptación de la gente lo asquea pero no tarda más de tres segundos en consentir que, si le pagan más de lo que pensaba percibir, alquila el piso a la comunidad. De repente, una vecina saca de su bolso una caja de medicamento y reconoce su problema de salud mental. Por unos segundos, la empatía se respira en la casa. Por unos segundos, todo parece comenzar a recorrer un camino algo más razonable hasta que otro vecino pregunta: “Bueno… ¿votamos o qué?”.

Tantas veces nos llenamos la boca hablando del distinto, del diferente. Un día, esta persona, “llama” a nuestras vidas. No hace falta tener un problema de salud mental; hace falta compartir con alguien “distinto” a nosotros. ¿De cuánta ignorancia estamos hechos? ¿Por qué reaccionamos como lo hacemos? ¿Quiénes somos de verdad? Quizá, si nos preguntamos el “para qué”, logremos profundizar en esos miedos individuales, trabajarlos con paciencia, mimo y aceptación y, desde lo personal, proyectar sociedades más justas e igualitarias. Cada uno con su personalidad pero en colectivos con más compasión. Hace tan solo 20 años no hablábamos de estas cosas. ¿Signo de los tiempos?

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