Si recurrimos a la antigua Roma o Grecia, donde se ha forjado nuestra cultura occidental, es porque han sabido legarnos lo más profundo del alma humana. Incomprensible, ante la tragedia, nos sentimos dispersos y abandonados. El vacío existencial es intransferible. Ante el sufrimiento, la muerte (sobre todo inesperada) y las peripecias dolorosas de nuestra existencia, un final triste y desgraciado nos mueve a la compasión o al espanto; a preguntarnos sobre el sentido de la vida.

La interpelación que ronda sobre nuestras mentes es “¿por qué?”. Ante lo que no se puede explicar, no estamos preparados para asumir que somos un efecto más (no la causa) de la naturaleza y que estamos expuestos a sus leyes; para lo bueno y para lo no tanto, según nuestra lógica o razonamiento que siempre será subjetivo de acuerdo a la creencia o forma de comprender la vida de cada uno de nosotros. Podremos abrir eternos debates pero las leyes de la naturaleza son azarosas para nuestra comprensión.

El accidente en Adamuz (Córdoba) de este pasado domingo nos vuelve a recordar la finitud de nuestra especie. Como otros tantos que hemos vivido de cerca u observado, cuando algo altera el orden regular de las cosas, nos sentimos huérfanos de una explicación sensata pero no la hay. Rápidamente demandamos responsables y responsabilidades. Nunca un accidente tiene una sola explicación y, por mucho que lo exijamos, nuestra alma cobra protagonismo para mostrarnos desolación.

Esa combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar, que es la casualidad, jamás podrá igualarse con la causalidad. Ésta, tarde o temprano, tendrá respuestas; nos gusten más o menos pero la casualidad nos llena de sinónimos para tratar de justificar lo incomprensible: azar, accidente, albur, acaso, eventualidad, imprevisto, contingencia y otras tantas. Todo esto deben pensar quienes sobrevivieron o no han cogido el tren por diversos motivos y/o detalles que buscarán esa explicación.

Hemos leído y observado, a través de la historia, enormes catástrofes, accidentes o hechos desafortunados que nos han estremecido. Seguirá ocurriendo. Cuando pasa fuera de nuestro círculo de influencia (familiaridad, un pueblo, región, zona o país, por ejemplo), la noticia dura un suspiro. Cuando ocurre dentro de nuestro círculo de influencia, el calvario profundiza el dolor a niveles que nuestra mente jamás llegará a darle un sentido. Tristemente, hay demasiada contrariedad que no colmará ese dolor.

Son días de respeto y pesar por los muertos, los heridos y sus familias destrozadas. El verdadero sentido de la vida es lo humano. El “alma” que nos nuclea. En estos casos, queda patente que nos somos tan distintos. Cuando se habla de aprovechar el momento también es bueno recordar como nuestro ego, mezquindad o defensa férrea de “nuestra verdad”, son ridículamente insignificantes ante la finitud de la existencia. Evocarlo, en días como estos, nos hace sentir menos dispersos y abandonados.