Tengo una enorme deuda con Gaston Louis Alfred Leroux (París, 1868 – Niza, 1927). Cuando era adolescente me compré El misterio del cuarto amarillo (Le Mystère de la Chambre Jaune, 1908) y, mientras promediaba su lectura, me olvidé el libro en algún lugar de una visita al dentista. Mi deuda es imperdonable ya que ha pasado demasiado tiempo y aún no he vuelto a comprar el libro para revivirlo. Nunca, jamás quise saber el final. Este mes de diciembre, vuelve el recuerdo y cumpliré mi compromiso.

No soy de musicales. Amo la música pero, por el motivo que sea, nunca me han llamado la atención los musicales; o sea, verlos en directo. Sí que me encantan Chicago (2002) o La La Land (2016), por ejemplo pero vistas en la pantalla grande. Dicen que las estadísticas están para romperlas y la historia me tenía reservado un debut memorable, de forma casual, accidental o, quizá, sea “sólo” el destino. Lo cierto es que sin saberlo ni proponérmelo, este domingo 22 de diciembre de 2024, presencié mi primer musical.

Otra vez Gaston Leroux aparece en mi vida. En 1910 publicó El fantasma de la ópera (Le Fantôme de l’Opéra). Andrew Lloyd Webber (Londres, 1948), fue el compositor musical que dio vida a este espectáculo, a esta historia de amor apasionante que se estrenó en 1986, en el barrio West End de su ciudad natal. Aquí y ahora, en Madrid, el Teatro Albéniz es la casa del Fantasma. Una casa donde la tragedia, el miedo, la muerte y la pasión se fusionan de forma atrapante para arrastrarnos al misterio del amor.

Intentar mencionar a alguien en particular es una irresponsabilidad que no voy a cometer. Desde la explosiva apertura del primer acto hasta el desenlace final significado por la compasión que se esconde en cada uno de nosotros en momentos límites y que aflora en el Fantasma. Estamos ante un espectáculo que destila excelencia a cada segundo y eso se debe al trabajo cuidado de todos quienes están delante y detrás de la puesta en escena. Es un lujo para las emociones presenciar semejante obra de arte.

Christine es la musa inspiradora no sólo del Fantasma; también lo es de un romance al que no le faltan ingredientes. La caja de música con la figura de un mono aparece al principio y al final de esta historia. Me recordó a la última escena de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) del estadounidense Orson Welles (1915-1985) cuando, mencionando la palabra Rosebud, observamos el trineo que el millonario Charles Foster Kane anhela como algo preciado. ¿Cuánto del Fantasma hay en esa caja musical?

El misterio del amor. Desde que el homo sapiens tiene consciencia, lleno de luces y sombras. La pasión y la oscuridad de este elemental sentimiento humano ha guiado, alumbra y permanecerá en esas almas perdidas en busca del afecto que todos necesitamos para transitar este camino existencial. Jamás imaginé un domingo así; nunca pensé esa tarde que ya es un regalo de la vida que, cuando menos lo espero, sabe sorprenderme. La vida misma puede ser cualquier cosa pero no sin amor.