Francesca y Robert toman un té helado al ritmo de Easy Living de Dinah Washington. Ella tiene miedo a los cambios y prefiere mantenerse en lo que considera lo “normal”. Define a su marido como “limpio” para hablar bien de él. No es lo que ella soñaba cuando era joven, se confiesa ante un Robert independiente. Se acaban de conocer y ella lo invita a cenar mientras su marido e hijos están fuera cuatro días. Francesca lo observa mientras él se asea debajo de un estanque y piensa que es ridículo (observarlo, la situación).

No está acostumbrada a que Robert se ofrezca para ayudarla. Cocinan juntos mientras se tratan de usted. La noche avanza mientras él le cuenta anécdotas como fotógrafo que ella ríe como si nunca lo hubiera hecho. Estamos ante dos gigantes de la pantalla: Meryl Streep (Nueva Jersey, 1949) como Francesca Johnson. Clint Eastwood (California, 1930) como Robert Kincaid. Ella se define como una ama de casa perdida en el medio de alguna parte. Él le habla de África y animales salvajes. De la Bari natal de ella.

“No estamos haciendo nada malo. Nada que no pudiera contarle a sus hijos”, le asegura Robert a Francesca. Lo tradicional de su familia impregna la moral de esos hijos conservadores que comprenden, mientras leen la carta de su difunta madre, que no se conocen; no hay diálogo. “¿No le asusta estar solo?” De compartir la visita a un puente, cigarrillos, una cena y unas copas, empiezan a profundizar, tan lejos y tan cerca, de esa ética estadounidense. Ella cree que es demasiado simple; él se disculpa por preguntar.

“No se engañe Francesca: es todo menos una mujer simple”, le confiesa Robert antes de irse mientras ella percibe su fuego interior en la soledad y tranquilidad de la “primera” noche ventosa y que invita a comenzar a escribir su historia. Un escrito que deja en el puente: “Si quiere volver a cenar conmigo, cuando las luciérnagas están volando, venga esta noche cuando haya acabado. A cualquier hora”. Clint Eastwood dirige magistralmente Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995).

Robert es un caballero y no quiere comprometerla. Ella quiere acompañarlo en la sesión de fotos de la mañana siguiente. “No se preocupe por lo demás; yo no lo hago”, le dice ella antes de terminar la llamada por teléfono. Al día siguiente, Francesca acompaña al fotógrafo del National Geographic y todo surge entre la magia de la cámara y la natural sonrisa de ella. Lo erótico comenzaba a orbitar en ella. Suena I See Your Face Before Me de Johnny Hartman ante un teléfono impertinente que no detendrá lo inevitable.

Todo es elegante, suave, romántico; todo es un sueño. Ese primer baile se hace eterno con la música adecuada. La reflexión de los hijos de Francesca les hace de espejo ante sus vidas pobres de amor y tanto dogmatismo de lo políticamente correcto socialmente hablando. Su madre había conocido a un hombre que le estaba mostrando otra cara de la vida. “¡Vayamos a Italia!” le dice Robert a Francesca quien estaba descubriéndose a sí misma de lo que había sido jamás. Se dejaron llevar a su antojo.

El jazz, en todos sus ritmos y variables, inunda este clásico del cine. Esta historia de amor. Y mientras tanto, los hijos de ella, en ese presente que se empiezan a cuestionar, se cuentan sus intimidades descubriendo qué es y qué no es la felicidad. Ella está descalza y no sabe lo que va a ocurrir mientras desayunan y le pregunta por su vida alrededor del mundo y su “rutina”. “No quiero necesitarte porque no puedo tenerte”, se afirma Robert ante las dudas de Francesca que dan comienzo al principio del fin.

Dos realidades bien distintas ante un amor apasionado y complejo. Él le pide que se vayan juntos pero una cena a la luz de dos velas hace real la vida de ambos. Ella tiene dos hijos que no puede abandonar. Él tiene “su” libertad. El amor duele. Certezas que sólo se presentan una vez en la vida, mientras él se marcha en su pickup hacia la profundidad de la última noche; lejos de esos cuatro días. La lluvia los verá por última vez. La cruz de Francesca. “Me equivoqué al quedarme pero no puedo irme”.

“Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en la costa solitaria, hay compañía allí donde nadie se hace presente. Y junto al mar profundo hay música en su rugido: No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza. A partir de nuestros encuentros, a los que asisto sigiloso. A partir de todo lo que puedo ser o haber sido antes. Hoy puedo fundirme con el universo y sentir lo que no puedo expresar, aunque me sea imposible ocultarlo”. Lord Byron como declaración final de Robert a Francesca.

Hay tanta belleza en esta vida…

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