Historia 1 | Un padre “juega”, con su hijo de unos seis años, a que el niño es camarero. Cuando le pide la cuenta, el niño no sabe realizar una resta que, para un adulto, resulta obvia en un nano segundo. El niño se atasca y no sabe responder. El padre entra en una espiral y hasta que el niño no sepa la respuesta, no seguirá jugando. Entonces aparecen palabras (dichas por el padre) como “no sabes nada”, “mierda” o “así no vas a llegar a ningún lado”. Su madre, junto a su otra hija, son testigos de la situación que se extiende por unos 10 minutos hasta que la familia se va. La madre ha sido testigo muda.

Historia 2 | Un niño de unos 12 años está jugando con su padre con unas paletas y una pelota. He perdido la cuenta de cuántas veces el niño llamó tonto a su padre. Quise contarlas pero me perdí… en la cuenta y en el asombro. Al padre no le conocí la voz. Asumiría que la reacción constante de su vástago no iría con él… También había una madre y una niña pequeña. Ésta, estaba juntando unas conchas. Se acerca a la zona de juego de su padre y hermano y, éste último, la echa, no sin decirle que se meta las conchas en el culo. Tal cual.

Todo esto ocurre en una misma playa dentro de la misma hora. Como profesional, tengo el “defecto” de la escucha activa y la observación; presto demasiada atención a lo que me rodea y llama la atención. Como padre tengo la conciencia de saber que estoy educando a mi hija de forma “normal”. Como persona, contemplo la decadencia de algo esencial que debe primar en el vínculo, ya no sólo familiar, sino social: los valores.

Salir de vacaciones con la familia se ha convertido para muchos en una “tortura”. Por supuesto no todos son estos casos mencionados pero tampoco son los menos. Llegamos a un punto en el que la falta de autoconciencia, empatía y compromiso con uno mismo nos está marcando cómo son las sociedades actuales de las que luego nos sorprendemos cuando leemos las noticias u observamos, estupefactos, la televisión ante casos que nuestra mente no logra comprender. Quizá sí los comprendamos, sólo que no queremos aflorar nuestras propias miserias.

Esto, antes de la pandemia. Esto, se agudizará con la pos-pandemia. Es un buen ejercicio recorrer, vuelta a vuelta, nuestras televisiones para contemplar como la caja boba nos devuelve, a modo de espejo, mentiras verdaderas de nuestra vida cotidiana.

Casi va cerrando, Giovanni Sartori, en una de sus magníficas obras, Homo videns – La sociedad teledirigida: “Decía que para encontrar soluciones hay que empezar siempre por la toma de conciencia. Los padres, aunque como padres ya no son gran cosa, se tendrían que asustar de lo que sucederá a sus hijos: cada vez más almas perdidas, con crisis depresivas y, en definitiva, “enfermos de vacío”. Y debemos reaccionar con la escuela y en la escuela. La costumbre consiste en llenar las aulas de televisores y procesadores. Y deberíamos, en cambio, vetarlos (permitiéndoles solamente el adiestramiento técnico, como se haría con un curso de dactilografía). En la escuela los pobres niños se tienen que “divertir”.

Sartori publicó este libro en 1997, muy lejos de toda le tecnología que tenemos hoy en día.

Ese padre que “juega” con su niño a ser camarero. Ese niño que “juega” con su padre con las paletas. ¿Conductas ingenuas? ¿Inocencia justificada? Postales de una playa cualquier en un agosto cualquiera. En ambos casos, postales de un presente y futuro en el que, como adultos, estamos dimitiendo de la responsabilidad de educar en valores.

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