Existe un antes y un después de la crianza de una persona con respecto a la aparición de esta era digital en nuestras vidas. Desde hace unos 15 o 20 años, aproximadamente, las formas de educación de un niño, adolescente o joven en su temprana etapa, distan mucho (en forma y fondo) de lo que era antaño. No, no voy a dejar entrar a la nostalgia pero sí voy a marcar diferencias incontestables. No era ni mejor ni peor, sólo que “criarse en la calle” daba, sin saberlo, herramientas para comprender el mundo.
Cada época de la historia de la humanidad ha tenido sus maravillas y sus miserias. Pretender aferrarse al concepto de que todo tiempo pasado fue mejor es hacerse trampas al solitario. La memoria, las vivencias y los aprendizajes actúan, al final de cuentas, como ese pensamiento que va acompañado de un sentimiento que nos deja un sabor de boca positivo o negativo según hayamos experimentado. Hace unas semanas he vuelto a ver, después de mucho tiempo, la saga de películas de Rocky.
Desde la primera (1976) hasta Rocky Balboa (2006) han pasado 30 años en el desarrollo, casi literal, de la vida de Robert “Rocky” Balboa. Un hombre nacido en un barrio marginal, con calles sucias y abandonadas, dentro de un contexto económico crítico. Entre ingenuo y tímido la vida discurre sin otra salida que la práctica del boxeo. Por aquello de que su padre, a los 15 años, le dijo que aprovechara su cuerpo ya que “no tenía cerebro”. La inteligencia emocional no estaba ni se le esperaba.
¿Es lo mismo haberla visto durante una etapa de nuestras vidas en la que todo está por descubrir que hacerlo con medio siglo de existencia en este planeta? Definitivamente, no. Las seis películas tienen cosas grandiosas y otras descartables y/o mejorables. Como cualquier riesgo que se asume, Sylvester Stallone (Nueva York, 1946), se mostró sin filtros en un ambiente demasiado duro. Rocky “humanizó” el mundo del boxeo. Desde la torpeza, inocencia e inexperiencia supo amar a Adrianna, la razón de su vida.
Fue amigo de sus amigos aun cuando muchos lo traicionaron; él siempre tendía una mano. Ni hablar de su cuñado Paulie que lo metió en más de un problema. Es fantástica la unión que se genera con Apollo Creed, rival y amigo. Rocky nos dejó muchos aprendizajes. El apoyo mutuo e incondicional con Adrianna; jamás se muestra la más mínima posibilidad de otra mujer. Los problemas para dialogar con su hijo pero como va reconduciendo la relación desde la humildad y la cercanía. No hay egos.
El respeto por sus rivales. En las conferencias de prensa, a pesar de que lo increpaban, Rocky nunca tenía una palabra mal sonante. Sólo cuando se metían con él o con su núcleo más cercano, defendía con su propia vida a los suyos. Con los años, considero que la saga se ha convertido en un legado de culto. Si analizamos lo que se ve y lo que no, Rocky nos habla de valores, de superación personal, de amar a los nuestros, de fortaleza mental. El boxeo y la calle pueden enseñarnos el camino de la vida.
En su último combate (de exhibición), contra Mason Dixon, pierde por puntos. Llevaba 20 años sin pelear y con casi 60 de vida. En varios momentos de los distintos asaltos, muchas fueron las imágenes que pasaban por su mente y, siendo coherente con el “discurso” que le había dado a su hijo en la calle, se lo aplica a sí mismo para resistir por aquello de que “…nadie golpea más fuerte que la vida… Hay que soportar sin dejar de avanzar”. Sólo creyendo en uno mismo se puede tener una vida propia.