En 1992 se estrenó Sin perdón (Unforgiven, su título original en inglés). Dirigida por Clint Eastwood (California, 1930), está magistralmente interpretada por el mismo actor estadounidense, Gene Hackman, Morgan Freeman y Richard Harris, entre otros. Quizá haya sido la “despedida” del actor y director de un género que lo ha visto crecer, madurar y “retirarse” de forma inmejorable. Quién escape de este tipo de películas posiblemente pierda perspectiva de muchas enseñanzas que éstas dejan.

A mediados de la década de los sesenta del pasado siglo y bajo la dirección del italiano Sergio Leone, se concibió una serie de tres películas conocidas como La trilogía del dólar: Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), La muerte tenía un precio / Por unos dólares más (Per qualche dollaro in più, 1965) y El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966). Podríamos incluir una cinta más del género como fue Dos mulas y una mujer (Two Mules for Sister Sara, 1970).

¿Cuál es el ánimo de hablar esta categoría y las películas mencionadas u otras similares? Entender que hacer una lectura superficial de las mismas, nos lleva tan solo a ver vaqueros, asesinos a sueldo, violencia de todo tipo y unas formas de vida fuera de la ley donde impera el contrabando de armas o alcohol, entre otros. Claro que todo ello ocurre y ha sido una forma de entretenimiento (a través del cine) de una determinada época de nuestra reciente historia pero no nos podemos quedar ahí.

El mal, en sus diversas formas, siempre ha existido dada la debilidad de la condición humana cuando unos valores éticos, el esfuerzo, el respeto, la formación o la educación, no forman parte del diccionario de una persona con un comportamiento cívico entre sus semejantes. Sin perdón, como gran resumen de su recorrido (como actor y director) por el lejano oeste, nos propone “revisar” ciertos valores liderados por Clint Eastwood: el respeto hacia la mujer, la justicia cuando no la hay y las buenas intenciones sociales.

Es imprescindible que pongamos contexto y nos situemos: la mayoría de estas películas están ambientadas a finales del siglo 19 y es elemental comprender cómo era la vida en aquellos territorios hostiles, por explorar y conquistar. Mirarlas con los ojos de esta era de vértigo digital, sencillamente, no tiene sentido. Por ello, rever y valorar ciertas enseñanzas es de justicia. El cine nos ha puesto, como humanidad, ante un enorme espejo del que ser conscientes, reflexionar y aprender en nuestra evolución.

Eastwood, en la mayoría de sus películas posteriores, nos aporta un cine más maduro, cayendo en según qué vicios sociales pero buscando hacer una introspección propia (producto de reflexionar sobre sí mismo pero, qué duda cabe, también nos invita a acompañarlo) para “salvarnos” y entender que dentro nuestro existe un yo que nos modifica permanentemente y nos lleva a sacar lo mejor en búsqueda de la “buena” persona que somos. Ahí están los valores del western.

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